La sorpresa de Vox

 

La entrada de Vox en el Parlamento andaluz ha sido la gran noticia de las elecciones autonómicas del domingo en aquella comunidad. Gran noticia no sólo por la novedad en sí misma, sino también por la intensidad y fuerza con que se ha producido: de cero, a doce diputados. Y casi con mayor eso que la otra gran nueva de la jornada: la hecatombe del Partido Socialista, que pierde 400.000 votos, cosecha el peor resultado de la historia y por primera vez en casi cuarenta años abre la puerta a una alternativa de gobierno.

Vox ha sido calificado machaconamente como partido de ultraderecha. Pero su presencia en las instituciones políticas responde a una tendencia que de un tiempo a esta parte se viene registrando también a nivel europeo. Baste recordar que entre 2017 y 2018 la extrema derecha se ha situado como segunda fuerza política en Países Bajos y Francia y como tercera, en Austria, Suecia y Alemania, país este último donde Alternativa por Alemania (AfD) ha entrado en prácticamente  todos los Parlamentos regionales. Por no hablar de las victorias de Matteo Salvini en Italia y de Viktor Orbán en Hungría.

Dentro de unos meses se celebrarán elecciones europeas y al igual que lo sucedido en sus respectivos países, se pronostica que también a nivel continental habrán de crecer estas formaciones. Es lo que se llama el frente populista europeo.

Lo que une a todas estas formaciones políticas es un proyecto nacionalista y antiemigración –xenófobo, dicen otros-, todo lo contrario  de lo que ha representado la Unión Europea en sus más de 60 años de existencia. El fracaso de las políticas de austeridad a ultranza hubieran exigido actuaciones distintas con el fin de trasladar a todos los ciudadanos los beneficios de la recuperación. Tienen, por tanto, una visión muy crítica de las instituciones comunitarias, cuando no de resistencia y franca rebeldía como en Hungría y especialmente en la Italia de la Liga Norte.

Habrá que ver en qué términos el Vox de Santi Abascal  despliega su ideario cuando de unas elecciones de mayor alcance territorial se trate. Algunos propósitos ya ha adelantado, como la eliminación del sistema autonómico. Una cosa, sin embargo,  es reforzar la cohesión nacional, tan debilitada y dispersa en estos tiempos, y una muy otra pretender terminar con un sistema de distribución territorial del poder más próxima al ciudadano.

En todo caso, en esta ocasión ha sido  un voto de desahogo, visceral, si se quiere, como el de otros tantos radicalismos frente a los partidos clásicos que no terminan por abordar con eficacia los grandes problemas pendientes y que protagonizan con más frecuencia de la debida espectáculos  poco o nada edificantes. Un voto también de castigo.

Le llamarán ultraderecha; le llamarán extrema derecha. Pero lo cierto es que se trata de un partido o movimiento más transversal de lo que a primera vista pudiera parecer.  Ha logrado, por ejemplo,  aparecer como el partido que menos dudas despierta respecto a su convicción y su capacidad para defender la nación española.

Queda por ver cómo el bloque Partido Popular, Ciudadanos, Vox aprovecha la oportunidad abierta para hacerse con el gobierno regional. Sigo siendo un tanto escéptico al respecto. El gran escollo será Ciudadanos, quien habiendo sido tercero en las urnas reclama liderar el cambio bajo el peregrino argumento de haber sido quien más ha crecido. Y quien además presenta el pésimo antecedente de que habiendo ganado las elecciones en Cataluña, no llegó ni siquiera a personarse en la ventanilla para formar gobierno.

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