Algo pasa en Cataluña

Miles de médicos, funcionarios, profesores y estudiantes se han movilizado en Cataluña a favor de revertir los recortes y de reclamar mejoras laborales y unos presupuestos más sociales. Se trata de la oleada más amplia de protestas sociales de los últimos años en una comunidad habituada a movilizaciones exclusivamente a favor y en contra de la independencia, hasta ahora el único punto del orden del día en las calles de Barcelona y de otras ciudades catalanas. Algo está cambiando, pues, en Cataluña. Ahora socialmente, puede que pronto, también políticamente.

El presidente de la Generalitat de Cataluña, Quim Torra, convertido en el centro de las protestas, está tropezando con que no tiene hoja de ruta independentista ni programa de gobierno autonomista. Se mece sobre la nada. En realidad, Torra llevaba tiempo así, aislado del Parlament y escondiendo su incapacidad de gobernar bajo un discurso independentista a día de hoy inviable. Su radicalización, mesiánica y retórica, es proporcional a su desgana como gobernante del día a día, de ahí que presumiera tanto de que él no había sido investido para gobernar una autonomía. Daba la impresión de que Torra estaba esperando que pasara algo –tal vez inspirado, e iluminado, por su antecesor, Carles Puigdemont– y ya ha pasado, pero no precisamente lo que él estaba aguardando.

El juicio a los protagonistas del ‘procés’ le concederá probablemente un respiro pero la ola de fondo trae aires de cambio en Cataluña, donde es bastante evidente que desde los tiempos de Pujol y Maragall no ha habido precisamente mucha inteligencia política, ni en el Palau ni en el Parlament. El espacio vacío tiende a ser ocupado.

Partidos como ERC y el PSC tienen en sus manos una gran oportunidad para hacer política con mayúsculas en Cataluña pero tampoco puede olvidarse que la derecha catalana precisa renovarse.

Todo parece indicar que los experimentos con gaseosa no han funcionado –el “España nos roba” ya no vale” y que veremos cambios, tal vez no decantados suficientemente a estas alturas. Pero cambios, a fin de cuentas. Se trata de superar el malestar por la sentencia del Estatut y por los recortes, pero –visto con perspectiva– de algo más que todo eso. Se trata de que Cataluña funcione, lo cual siempre es una buena noticia para España.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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