El naufragio de la cordura

Ya lo decía el filósofo francés Henri Bergson, que “el ojo ve sólo lo que la mente está preparada para comprender”. Y claro, ahí nos encontramos de pleno con nuestra conciencia, que parece mal emparejada con ciertos valores que por intangibles, acaban desapareciendo de nuestro concordato universal sobre la humanidad.

Parece algo grotesco que nuestro ojo público rezume imágenes sobre un pesquero que se encuentra ante la deriva insolidaria internacional, como un cascarón de nuez en medio de una nada administrativa y con sus refugiados en cubierta a la espera de un nuevo criterio político sobre lo que será de ellos. Mientras tanto, nuestra pupila empieza a acostumbrarse a imágenes con chalecos naranja y centenares de pateras de última usanza, donde naufragan miles de respiraciones y aspiraciones que saben a dolor apátrida del siglo XXI.

En nuestra mente debe existir un hueco donde derivamos el pensamiento pobre, simple, sobre este tiempo incierto. Lo que hace unos meses se vendía como la norma intachable de la solidaridad, ahora resulta pagana de ella. Alguien debería rescatar nuestra hemeroteca de incongruencias humanas y adentrarse, sin remedio, hacia las profundidades inciertas de nuestra civilización. Tampoco es la primera vez que apostamos mejor por un perfil de soslayo ante la masificación del exterminio, anteponiendo nuestra duda sobre lo que es prioritario y ejerciendo de nuevos verdugos distantes e indiferentes a la solidaridad.

Lo nocivo de todo esto es que sigue siendo cualquier cosa, menos un caso puntual. Los procesos migratorios empeoran desde cualquier lugar del planeta, y olvidamos que en el origen es donde brota la incapacidad de soluciones. Por otra parte, la propia humanidad, tan basada en la emigración y en la diversidad de asentamiento, sigue agazapada en esa moda incontrolada del miedo al diferente, instalando enormes alambradas a nuestra moderna incompetencia como personas que se relacionan y necesitan hacerlo.

Como bien recordaba la escritora Isabel Allende, “al emigrar se pierden las muletas que han servido de sostén hasta entonces”. Nada importará de lo que fuiste o de como te consideraron. Pero, en cambio, sí que hemos conseguido entre todos resucitar viejos estereotipos que, mira tú por dónde, casi siempre coinciden con lo más pernicioso y barriobajuno de nosotros mismos. Tal vez es, como se suele decir, lo que merecemos como sociedad; por aptitud, por actitud, por incomprensión, por dejadez ante la búsqueda ilimitada de la verdad.

Mientras tanto, nuestro frágil barco de papel nos trae una buena enseñanza, dejando en cueros a toda una estructura de gobernantes y evidenciando lo mal que podemos estar haciendo las cosas. Si en el mar no hay inmigrantes, sólo navegantes o náufragos, podría ser el momento de volver a mirar al mar, esa mar de Alberti, como referente de un valor social básico como es el auxilio por imperativo moral, que legal también, para inocular en los malos momentos buenas dosis de esperanza que nos hagan sentirnos satisfechos como sociedad.

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