Un peñón en el zapato

Gibraltar no es la única china en el zapato de España, pero sí la más grande (¡Un peñón!) y de resolución más improbable. Esto último por una sencilla razón, o por dos para ser más exactos: porque el Reino Unido, la potencia que se lo apalancó hace más de tres siglos, es más fuerte que nosotros, y porque los habitantes de ese bellísimo y otrora estratégico espolón de roca que la Península proyecta al mar del Estrecho antes se dejarían desollar vivos que conceder en su integración a España, siquiera en la edulcorada o rebajada modalidad de co-soberanía.

La reciente performance del gobierno de Sánchez, al socaire del Brexit y en relación a esa molestia nacional, no ha pasado de eso, de una escenificación, pero de una escenificación de nuestra impotencia. Es cierto que, pues sobre el papel la firma del Brexit nos ofrecía la posibilidad de jugar, el gobierno español tal vez no haya sabido sacar de esa buena mano el rendimiento que cabía esperar, pero también lo es que poco más hubiera podido hacerse en una timba de tahúres como ha sido, al parecer, la de los negociadores del Brexit tan admirablemente descrita por la presidenta de Lituania, que se ha partido de risa con el papel de la diplomacia española en el desenlace de ese póker.

El Reino Unido se va de Europa, bien que de aquella manera, pero se queda en España, que tal cosa representa Gibraltar, su colonia voluntaria. Podría irse incluso del mundo, de la Tierra, o de la Galaxia, y seguiría quedándose aquí, en Calpe, en La Roca, en territorio español. Y no sólo porque es más fuerte, tanto que tiene persuadidos a los gibraltareños de que la mejor autodeterminación es determinarse por el Reino Unido, sino porque tiene escondido en los túneles que horadan el Peñón el cofre que contiene el perfume de su esencia imperial, esto es, de su esencia.

Es triste que, por un quítame allá ese Borbón, los españoles nos quedáramos amputados de la planta de Hércules, de una de ellas, pero más triste es haber padecido en éstos trescientos años una sucesión de reinados, regímenes y gobiernos corruptos e incapaces que no han hecho otra cosa que ahondar en el proceso interminable de nuestra decadencia. Ahora, sí, nos habían salido buenas cartas, pero otros, como siempre, se ve que las llevaban mejores.

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