Llegar tarde al post bréxit

 

Al menos cinco plazas van a estar claramente por delante de Madrid o de cualquier otra alternativa española a la hora de captar grandes empresas y grupos financieros  internacionales que tras el bréxit hayan de abandonar en parte la City londinense para poder seguir operando en la Unión Europea. Los pronósticos apuntan de forma destacada a  Fráncfort, París, Luxemburgo, Dublín y Ámsterdam. Nuestro país ha perdido -subrayan – la oportunidad histórica que se presentaba.

¿Por qué?  Fundamentalmente por dos motivos. Los explicaba días atrás el presidente de la Comisión nacional del Mercado de Valores (CNMV), Sebastián Abella. Por una parte, la falta de coordinación entre las diferentes Administraciones públicas y el sector privado. Por otra y principal,  la inestabilidad política española derivada del golpe separatista en Cataluña.

Además, a diferencia de los  retoques regulatorios y fiscales aprobados por  algunos Gobiernos europeos precisamente para eso,  para atraer compañías y talento que tras el bréxit precisen relocalizar  en el continente parte de su negocio, aquí en nuestras latitudes tampoco no se puso en marcha un plan ambicioso  en ese sentido.

La ex vicepresidenta Sáenz de Santamaría coordinó en su momento un grupo de trabajo que no dio frutos por la escasa ambición del gobierno Rajoy. Pero sobre todo –se insiste- fue decisiva  la convulsión de la Generalidad catalana de Puigdemont, pues los últimos meses de 2017 fueron un periodo determinante de decisiones para no pocos e importantes cuarteles de la City. No sólo se perdió la sonada  Agencia europea del Medicamento.

Bien se sabe que la estabilidad política es elemento altamente valorado por inversores y directivos de multinacionales a la hora de decidir qué camino tomar.  Se trata, por tanto, de un otro perjuicio que habrá que añadir al debe de quienes impulsaron el golpe y que está causando, por lo que se ve, enorme daño no sólo a aquella comunidad, sino al conjunto de España.

Valgan unos datos que medios económicos han puesto de relieve  estos días. En el sector asegurador, por ejemplo, de treinta y seis compañías británicas que necesitaban nueva sede en territorio comunitario, sólo una ha elegido España. Se trata de la galesa Admiral, que traslada un negocio de 400 millones de euros. Pero los 20.000 millones de ala escocesa Standard  Life van a Dublín o los 5.500 millones que concentraba en Londres la estadounidense AIG vuelan a Luxemburgo. Lloyd´s ha escogido Bruselas, mientras que Aviva no sólo no se ha planteado España como punto de concentración de su negocio, sino que ya hace algo más de un año tomó la decisión estratégica de salida.

Aunque después del revuelo producido tras su intervención ante la Asociación de mercados financieros el propio Abella ha querido quitar hierro a las  pesimistas perspectivas trazadas, lo cierto es que los resultados van a ser modestos. “Nos hemos quedado muy cortos. Ha habido poca venta coordinada. Podríamos haber hecho mucho más. Es una pena que no hayamos apostado más fuerte”, se lamentaba inicialmente el presidente de la CNMV.

A estas alturas, mal remedio tiene todo. No es que nos vayan a quedar las migajas, pero casi. Las políticas económicas y fiscales de Pedro Sánchez/Podemos no van a contribuir precisamente a allanar el camino.

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