Escupiendo en Aqueronte

Decía Jean-Jacques Rousseau en su imprescindible contrato social que “el hombre nace libre, pero en todos los lados está encadenado”. Tremenda utopía, en lo primero, para un prerromántico como él, pero tan certero de la sociedad en lo segundo. Avanzamos con rapidez hacia este final del año, con demasiada incertidumbre sobre nuestras espaldas institucionales. Vamos a salto de mata entre dimes y diretes en el circo político y apechugamos este deterioro entre viernes negros e incipientes luces navideñas.

Los políticos de turno nos hacen fáciles los titulares. En lugar de tenernos atentos a lo que realmente deciden y ponen en marcha, o no, se nos deleita con muecas y exabruptos varios para ver quién la suelta más gorda. Cualquier día nos retransmiten las tertulias del bar y nos dejan vacío el maltrecho hemiciclo, ese que nos debería amparar a todos. Hay algo de responsabilidad latina y visceral en todo esto. Somos mucho de hinchar el pecho y decir las verdades del barquero de Talaván. Y de esa manera, nos distraemos jugando a las verdades para que nos hagan el viaje gratis aunque pensemos, como el joven estudiante de la historia, que “si a todos pasas de balde como a mí, dime barquero, ¿qué haces aquí?”. Algo parecido nos hace navegar por estos fangos, jugando con la soez retórica del insulto y amañando eternos discursos electoralistas para salvarse del pago debido.

Andamos demasiado despistados entre verdades oscuras y mentiras falsamente clarificadoras. En lugar de buscar los puntos positivos de encuentro desde la diversidad, que los hay, nos unificamos empecinadamente en el punto de la discordia, en ese preciso punto con el que, qué casualidad, siempre estamos en contra. Difícil camino por recorrer, porque a cada paso encontraremos una nueva disparidad. Decía Rousseau que “lo falso tiene inmensidad de combinaciones, pero la verdad no tiene más que una forma de ser”. Y creo que de alguna manera nos encontramos en esa dirección. La popular y desgraciada conclusión maquiavélica de todo ello es… que todos mienten. Mal presagio para este acontecer nacional donde nos inclinamos antes hacia el esperpento que a la certidumbre democrática.

Repetiremos estereotipos de nosotros mismos, admirando cualquier tiempo pasado porque fue mejor, y olvidaremos nuestras obligaciones hacia este presente, dejando huérfano de responsabilidad a este ahora que siempre apresura.
La mal llamada clase política que tanto nos enfada sigue en una guerra sin cuartel, escupiendo intolerancias hacia la veracidad de su trabajo y adornándolo con falsedades absurdas que al final consiguen ponerlas en nuestra boca. Y como el niño sentado en un taburete, nos dejan pensando mientras nos chupamos un caramelo, o el dedo.

Pensándolo bien, se nos está quedando la crónica de este tiempo demasiado viscosa de retahílas escabrosas y hechos exánimes. Posiblemente cederemos al último viaje a Hades y pagaremos la moneda del auxilio al inconmovible Caronte para que no nos arroje a las frías aguas del río Aqueronte. Por si acaso, deberíamos empezar a maniobrar para seguir nadando con algo de solvencia en esta efímera contracorriente.

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