El valor de las palabras

El poder de la palabra es el mayor atributo del ser humano. Cualquier otro es equiparable a los de diferentes animales no racionales. La palabra mueve montañas, dice la Biblia. Puede ser profana o sagrada, de honor o traidora, clara o turbia, honesta o desleal, digna o indigna… podemos darles colores, sacarlas a pasear o dejarlas reposar en el baúl de los recuerdos… pero, sobre todo, las palabras son la expresión de la inteligencia, del talento o de la necedad de quien las pronuncia. Por eso nada ha sido más censurado en la historia que las palabras.

El valor de la palabra se calibra en las leyes, en las normas y en la educación. Y como sucedió el pasado miércoles en el Parlamento español, como viene aconteciendo en la vida pública de las últimas décadas, también se calibra en la incontinencia de las redes sociales, en los discursos políticos y en los medios de comunicación de masas. Se emplean tan mal, se hace tan desastroso uso de ellas que no solo les estamos perdiendo el gusto sino que también les robamos el respeto.El miércoles la Cámara de diputados españoles se convirtió en un estercolero de palabras mal usada. No de malas palabras, no. Aquello fue un basurero donde los conceptos chorreaban indignidad y no parece que la decisión de la presidenta del Congreso, Ana Pastor, de retirar esas basuras del acta de sesiones sea un acierto. Están dichas y no debe llevárselas el viento porque cada una de ellas, cada exabrupto refleja la catadura de quien lo expulsa a la palestra. Borrarlas es ayudar a convertir el templo de la palabra (Pastor dixit) en un cementerio de sepulcros blanqueados.

Acto seguido muchos tertulianos, sin valorar su aportación al descalabro, se han rasgado las frases y echado más palabras a las hogueras del oportunismo. Y los políticos de todos los colores se han subido al tiovivo del cinismo y los hemos visto y escuchado predicar las virtudes dialécticas propias y denostar las ajenas. Todos se han retratado tratando de subirse al pódium de la razón, con argumentos hueros y consignas aprendidas.

Y ahí están los verdaderos significados de las palabras. Son ellas las que desde los escaños o la tribuna política nos están transmitiendo la más cruda realidad de quienes han sido escogidos para legislar y gobernarnos. Unas oportunas palabras indiscretas, transmitidas por un twitter, han tenido poder para completar la convulsión del maltrecho Poder judicial. Las desequilibradas palabras de los líderes han bastado para aumentar el descrédito de los partidos políticos. Y finalmente, las palabras borrachas de soberbia han vestido de miseria el entendimiento.

Las palabras que ruedan por el Parlamento Español, y en la vida política en general, nos transmiten en cada sesión la falta de inteligencia, de preparación cultural, de conocimientos ideológicos, de educación cívica y de sentido de la responsabilidad de quienes las pronuncian haciendo de ellas vulgares proyectiles de escarnio, fuegos de artificio buscando el aplauso como caricatos de circo. No alcanzan a saber que dejar de creer en la palabra es dejar de creer en la política. No moverán montañas y por sus palabras los conoceréis.

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