Marchena se descuelga

 

Quienes por circunstancias de edad y de costumbre seguimos comprando el periódico de papel nos estamos encontrando no pocas veces con la sorpresa –desagradable- de que cuando lo adquirimos en el kiosko, ya se ha quedado viejo. Y es que las cosas están sucediéndose  a tal rapidez que la actualidad cambia sustancialmente no ya de un día a otro, sino casi de una hora para otra. Menos mal que nos quedan los medios digitales.

Estaban, por ejemplo, aún coleando los ecos de la negociación en torno al  Consejo General del Poder Judicial y del estrambótico anuncio con nombre y apellidos del llamado a ser titular del organismo y, por tanto, del Supremo, cuando a primeras horas de la mañana del martes saltó la renuncia del señalado Manuel Marchena, que ponía todo patas arriba.  Era la primera, gran y lógica rebelión de que hablábamos el lunes en estas mismas páginas.

Tengo, no obstante, para mí que lo de Cosidó y sus imprudentes WhatsApp  sobre un control por la puerta de atrás de la Sala de lo Penal, no ha sido el desencadenante del descuelgue de Marchena, sino un episodio más, aunque último, de  todo un proceso que no podía gustar a nadie y menos a un magistrado que siempre había tenido a gala su independencia. En realidad, en su comunicado de renuncia habla en plural: “noticias divulgadas en los últimos días”.

El notorio e inoportuno error del ex director general de la Policía y hoy portavoz del PP en el Senado ha servido en bandeja al Gobierno, negociador del acuerdo con el PSOE a través de la ministra de Justicia,  para eludir culpas y responsabilidades y salir una vez más de rositas. Medios adictos y no tan adictos han echado como casi siempre una mano.

Con todo y si hacemos caso a informaciones que parecen solventes, desde la estrategia del Partido Popular lo de Marchena no estaba mal pensado. Como presidente de la Sala de lo Penal el magistrado en cuestión ha seguido muy de cerca el golpe de Estado institucional en Cataluña y respaldado las actuaciones del instructor Llerena.

Y ahora que llega el juicio, el PP pretendía tener al frente del Supremo y del CGPJ –de ahí las prisas- a alguien que desde el punto de vista jurisdiccional conociera bien el tema y no fuera fácil a la claudicación. Porque presiones va a haber muchas, empezando por las del propio Gobierno. Y nada digamos del independentismo.

Y como lo puso como conditio sine qua non para proseguir la negociación, el Partido Socialista se avino a la no despreciable prebenda de hacerse con la mayoría del Consejo. De paso  incluyó la estocada de meter entre los eventuales consejeros al magistrado José Ricardo de Prada, la bestia negra para el PP que tanto tuvo que ver en la condena por el caso Gürtel, y de reservar un asiento para algún candidato aceptable para el separatismo catalán.

A eso se llama aprovechar sin escrúpulos la ocasión a tope. No me extraña que Pedro Sánchez pida al PP no romper el acuerdo.

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