Ética, valores y neutralidad

Es bastante frecuente escuchar la vieja apelación maquiavélica de que lo público y la privado son tan distintos como lo son lo político y lo ético. En otras palabras, la Ética que reine en la intimidad privada, si es que lo consigue, y que en lo público se busque ese espacio colectivo de libertad en el que nadie imponga su moral, dónde reine la máxima del prohibido prohibir y así cada uno encuentre la felicidad a su manera.

En el fondo, cuando se escuchan estas argumentaciones aparece inevitablemente esta cuestión. ¿Es que la función de la Ética es sólo establecer unos mínimos neutrales para convivir?. Cuando una sociedad baja el listón de los valores, luego pasa lo que pasa, lo que vemos a diario. Además, ¿se puede decir seriamente que la Ética es neutral? Cuando están en entredicho los derechos humanos, sea dónde sea y sean quienes sean los sujetos pasivos de los atentados, no hay neutralidad que valga. Tantas veces, detrás de esa “neutralidad intelectualoide” se esconde un miedo real a la libertad y aparece esa adicción a lo “políticamente correcto” que lo justifica todo, que tanto daño hace a una sociedad libre y solidaria.

 

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrtivo en la Universidad de Santiago de Compostela

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