La espada del miedo

No sé si será como decía nuestro viajero Azorín, que “la vejez es la pérdida de la curiosidad”, y nos encontremos en esta tierra de piel de toro con esa prematura ancianidad superpuesta sobre nosotros. O también, como recordaba nuestro representante de la Generación del 98, que “no hay pueblo español, chico o grande, que no encierre una enseñanza”. Alguno de nuestros relojes sociales se nos ha parado en estos momentos porque el arriesgado inmovilismo ha tomado las riendas de nuestro hacer.

Lo digo porque en esa necesaria reflexión que debemos hacer de nuestros días recientes, hay una constante que atemoriza cualquiera de nuestros movimientos como comunidad. Nos pasó con la propuesta sobre la subida del salario mínimo interprofesional. Algo que debería ser motivo de mejora para la inmensa mayoría de este país adulto, pero que entorpece cualquier alegría ante la futurible pérdida de puestos de trabajo y de crecimiento laboral. Hasta con las sentencias judiciales se nos abren las dudas encarnizadas de todo lo que nos va a pasar a partir de decirle a los bancos que deben pagar más impuestos. Y como no hay dos sin tres, la última la tenemos con la propuesta de terminar con el uso de carburantes allá por el 2040. Una medida impulsada desde las directrices europeas y que significará una buena etapa medioambiental de la que se beneficiarán las próximas generaciones. Una buena nueva que se trunca ante las expectativas de ese macromiedo al que estamos acostumbrados, como esa constante espada de Damocles encima de la producción automovilística. Demasiadas alegrías colectivas, pero que al mirar hacia arriba, como el pobre Damocles, sólo nos enseñan los peligros acechantes sobre nuestras cabezas. Poco nos esforzamos en intentar dar algún paso más y encontrar motivaciones que conlleven un poco más de arrojo para entender mejor nuestras actuales circunstancias y, por tanto, propiciar el avance hacia mejoras que supondrían excelencias para nuestro incierto futuro.

Sólo hay que echar un vistazo hacia otros países para comprender el fluir de los nuevos tiempos, lo que debería obligarnos a repensar nuevas propuestas que sitúen esta nación de pueblos chicos o grandes en la mejor vanguardia de nosotros mismos. Inculcar a machamartillo, desde posturas interesadas, la presunción del fracaso y el desastre ante cualquier medida positiva nos llevará, por pura inercia, a los peores resultados posibles, petrificando nuestro aliento a la innovación y a nuestro propio pensamiento; y aunque fuera por mera curiosidad, a abrir puertas a otros designios de ese llamado destino que parece no mudar nunca.

Nuestro adulador Damocles renunció a su temporal fortuna, dejándole nuevamente su lugar al tirano de Siracusa y volviendo a su posición original… Algo así debemos estar haciendo con nuestros bríos como país, donde cualquier nuevo miedo destempla la posibilidad de que algo cambie, a pesar de saber que el propio paso del tiempo es el mayor cambio diario. Lo anecdótico de esta leyenda es que no nos cuenta quién fue el que colgó la espada y nos condenó al miedo. Y como decía nuestro filósofo contemporáneo Jose Luis Sampedro, el miedo hace que no se siga adelante, que no se reaccione. Lo malo es que seguiremos mirando hacia arriba sin percatarnos de lo que tenemos a nuestro alrededor, y alguien seguirá jugando con nuestro destino y nuestra mortal estrella.

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