Momento de poner órden

La situación política en España, inestable, es producto de una larga crisis económica que derivó en una profunda crisis social y política, de la que ni siquiera se salva ya la justicia. Hay mucha tensión, efervescencias radicales, debates subidos de tono, dentro y fuera de los ámbitos políticos… en definitiva, el escenario perfecto para que pase algo. Y no necesariamente algo malo, sino algo que marque un antes y un después. Difícilmente el país va a salir adelante sin un gobierno estable, un mínimo de cohesión territorial, una justicia digna y un legislativo plural pero constructivo. Puede pasar más o menos tiempo pero al final la solución irá por ahí, como lo fue en las mejores etapas de la historia democrática. La gente, por muy mal que esté, que en algunos casos lo está, tampoco desea suicidarse, sino progresar.

Ponerle nombres y referentes a los buenos momentos entraña riesgos de simplificación y de ausencia de matices; incluso cierta aceptación de la melancolía o de la mitificación, pero no parece ninguna exageración atribuirle a Adolfo Suárez y a Felipe González los mejores momentos de la historia reciente. Incluso al ahora demonizado José María Aznar no puede negársele una primera legislatura con más aciertos que errores, de ahí la mayoría absoluta que obtuvo para un segundo mandato que resultaría nefasto. De Suárez y González también se pueden extraer malas prácticas políticas, sin que por ello deje de ser justo asociar cambios sustanciales del país a sus gestiones políticas.
Ahora está muy extendido el discurso de que todo ha cambiado, que el bipartidismo ha muerto y que carece de sentido apelar al pasado reciente, como si hubiera otros referentes de gobiernos corales, que no los hay, salvo en alguna comunidad autónoma, como el País Vasco, Galicia y en menor medida Andalucía. Se olvida en ese sentido que en Galicia –sin ir más lejos– sigue habiendo un presidente con mayoría absoluta y que, a pesar de miles de encuestas que han dicho lo contrario, el bipartidismo –desgastado– continúa en las mismas manos de siempre. Ni siquiera las experiencias de gobiernos multicolores en otros países –incluyendo Alemania, el referente de Europa– se saldan con grandes resultados.

Salvo en países con derivas políticas hacia el abismo, como Venezuela hoy en día o Argentina en otros momentos, las democracias suelen aportar estabilidad bajo gobiernos de centro izquierda o de centro derecha. Nadie puede decir lo mismo de revoluciones comunistas ni de populismos de derechas e izquierdas. A veces son comprensibles estos fenómenos, pero terminan por ser pasajeros. Tal vez en España ha llegado ya el momento de poner orden en la política. ¿O no?

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