El mal olor

Una vez más la actualidad me empuja a recordar a mi venerada profesora de Historia durante el bachiller de los años sesenta del pasado siglo. De doña Casimira de Haro aprendimos que lo importante de la historia de la humanidad no es lo que queda en los libros, sino aquello incontable que realmente ha movido y mueve la realidad cotidiana. Ella era una investigadora muy aficionada a descubrir o imaginar los auténticos motivos por los cuales se habían producido los grandes acontecimientos. Nos desveló como cortesanas amantes de reyes y poderosos, miserias de nobles y militares, intereses espurios o vanidosas ambiciones llenaron los días de nuestros antepasados, llevaron a la muerte a miles de desgraciados o alcanzaron el poder asesinos y malvados.

Airear secretos, miserias y debilidades históricas, consiguió que alumnos como yo nos aficionáramos más a los intríngulis de la verdad que a los trampantojos de las crónicas. Y en lugar de convertirnos en fieles creyentes de las bondades de la existencia, o en escépticos detractores de una sociedad incapaz de construir un mundo digno, nos fraguó espectadores pragmáticos y pacientes. Gente seria, bienintencionada e inconformista, pero ni utópica ni fanática.

Estoy seguro de que ahora doña Casimira llenaría su libreta de apuntes con los acontecimientos paralelos de nuestra modernidad. Estaría encantada con las trampas mediáticas de la transparencia que nos pisotea la conciencia cada mañana. Se habría dedicado a armar el andamiaje sobre el que está construido el poder internacional de Arabia Saudí, donde se siguen asesinando herederos o políticos con la misma facilidad que senadores en la corte del emperador Claudio, el germánico.

Habría sabido enlazar la venta secreta de bombas, realizada por el ministro Morenés del PP, con el éxito público de la contratación para fabricar barcos en Navantia. También la amistad entre los reyes españoles, incluidas sus amantes, y los monarcas saudís con la construcción faraónica del AVE del desierto. Y a lo mejor ella hubiera podido descifrar el interés del emirato de Quatar (poco más de dos millones de habitantes) por sponsorizar al Barcelona club de futbol. Y enfangada en tanta opulenta miseria le habría parecido un acto normal y cotidiano el asesinato en Estambul del periodista Jamal Khashoggi en el propio consulado de Arabia Saudí.

Un crimen de Estado, que ahora conmueve al mundo, con la misma falsedad del asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando de Austria. Aquella crisis diplomática fue el trampantojo usado para desencadenar una Gran Guerra, con la que solventar la crisis galopante del imperialismo.

Para mi profesora, Jamal Khashoggi estaría a un paso de pasar a la historia del principio de un gran conflicto, no por lo que le pudiera importar su vida a Erdogan, presidente turco, o a Putin o a Trump, o a Pablo Iglesias o a Albert Rivera, o al criador de pájaros de mi aldea… sino por la miserable corriente armamentística subterránea, que están propiciando todas las potencias, el ahogo de la crisis económica mundial que no cesa, el avance de los extremismos por la derecha y la superpoblación del tercer mundo, entre otras miserables menudencias alarmantes. Huele muy mal la muerte del periodista, porque el mundo huele muy mal desde siempre.

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