Muerte laboral despiadada

A los trabajadores de Alcoa, 369 en A Coruña y 317 en Avilés, acaban de aplicarles una muerte laboral despiadada, decretada a la brava, que les está causando un inmenso sufrimiento mental y, en muchos casos, dejará graves secuelas físicas.

El cierre de ambas factorías es el último renglón de la crónica de un final anunciado. En 2013 los trabajadores de A Coruña oyeron rumores, detectaron deslocalización de trabajos fuera de A Grela y pidieron a las fuerzas políticas que vigilaran “a esta sociedad en proceso de segregación, non vaia a ser que a corto ou medio prazo nos encontremos cun peche”. Pues el peche ya está aquí.

¿Qué razones alega la empresa para esta espantada? Habrán escuchado que el precio de la electricidad disparaba los costes de producción, la carestía de la materia prima, las pérdidas en los últimos meses, la competencia imbatible de China en un mercado globalizado…

Todo esto es cierto, pero con salvedades. Hay que recordar que desde su llegada, Alcoa recibió más de 1.000 millones para compensar el coste de la electricidad. Pero quien inyectaba tamaño volumen de fondos públicos -que pagamos todos-, no advirtió a sus dirigentes que, por decencia laboral, tenían que cumplir con el compromiso de renovación tecnológica y mantenimiento del empleo y en los últimos cuatro años no invirtieron en equipos y tecnologías, que dicen ahora son la causa de deficiencias estructurales y baja competitividad.

Me gustaría creer que este es un nuevo órdago de la compañía para que el Gobierno central, con los de Galicia y Asturias, definan una política energética que active y aplique el mecanismo de compensación a las empresas de gran consumo eléctrico para que Alcoa aparque el cierre y también para evitar el contagio a otras empresas de consumo intensivo de energía que hay en Galicia.

Pero no es fácil ser optimista. Los trabajadores de Alcoa son víctimas de una fría decisión empresarial que solo entiende de números y golpea sus almas con la misma contundencia con que el mar enfurecido bate en el Orzán y Riazor. Un mazazo que los deja destrozados anímicamente, hundidos en el paro que angustia a sus familias y trunca todos sus proyectos vitales. Un mazazo también para A Coruña que ya se parece más a un páramo industrial que a una ciudad pujante.

El condenado Rato, en su comparecencia en el Congreso, dejó una frase lapidaria para explicar la crisis financiera: “¡es el mercado, amigo!”. Así de simple, así de cruel.

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