El fin del poder

El poder coloca a algunas personas en una situación especial en relación con el común de los mortales. Ante ellos, las autoridades aparecen investidas de un conjunto de potestades y facultades que debe ejercitar siempre en servicio del bien de todos. Se trate de facultades y potestades que deben estar orientadas hacia su propio fin, que no es otro que el bien común. Quien dirige asuntos públicos debe tener claro que ese poder que le ha confiado la comunidad no le garantiza nada ni le atribuye una  patente de corso para hacer lo que le venga en gana. Todo lo contrario, como escribió con mucho sentido Hammarskjöld, “sólo es digno de su poder el que lo justifica día a día”. Es digno de ejercer el poder quien motiva sus decisiones con argumentos racionales, quien al mandar es consciente de que los que obedecen son mujeres y hombres libres, quien procura ganarse la autoridad día a día profundizando en el servicio público.

El poder proporciona una magnifica ocasión de hacer algo por la comunidad. Por eso el “todo poder es deber” de Victor Hugo es una verdad como un templo. El poder hay que ejercerlo sabiendo que si cumple su función de instrumento para mejorar las condiciones de vida de la gente tiene pleno sentido, y si de desvía de ese camino de desvirtúa y se desnaturaliza. Y el cumplimiento de esta tarea entraña deberes continuos y constantes que sólo se asumirán en la medida en que se sea consciente de la grandeza que encierra el servicio público.

“Todo poder humano está compuesto de tiempo y paciencia” (Balzac). Es verdad, pero no de tanto tiempo que lo haga ilimitado o absoluto. Hace falta tiempo para aprender el manejo de los asuntos públicos, hace falta tiempo para su ejercicio, pero un tiempo razonable y moderado. Por eso es  muy saludable esa regla constitucional de tantos países que prohíbe la reelección, al menos la reelección indefinida. Y la paciencia, claro está, es básica para cualquier empresa. En el ejercicio del poder la paciencia tiene mucho que ver con la moderación y el equilibrio; y sobre todo, con la capacidad para situarse cabalmente ante los problemas y saber el sentido y alcance de las decisiones a adoptar.

En las discusiones sobre la fuerza y la inteligencia, pocos son los que se inclina por la excelencias de la segunda. Nada menos que Napoleón dejó escrito algo que me parece del mayor interés en este artículo: “lo que más me extraña de este mundo es la impotencia de la fuerza. De los dos poderes, fuerza e inteligencia, es siempre la fuerza la  que acaba por ser vencida”. Sí lo dice Napoleón, será por algo. En todo caso, es un consuelo pensar que, en efecto, la fuerza siempre cede ante la inteligencia, antes o después. Siempre el “deber ser” gana al “ser”, tarde o temprano.

“El poder nunca es estable cuando es ilimitado” escribe Tácito. Es verdad, el poder absoluto tiende siempre a silenciar a los opositores, a conculcar la libertad de expresión, a la corrupción. Tiende al caos, más tarde o más temprano. Y, por tanto, tiende a la inestabilidad. ¡Qué importante es el control real del poder a través de organismos realmente independientes! ¡Qué importante es que los que ejercen el poder sepan que su ejercicio debe hacerse en un contexto de ponderación, moderación y equilibrio! ¡Qué importante es que los mecanismos de control del poder funcionen de verdad, no sólo formalmente! Que importante.

 

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo en la Universidad de Santiago

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