Política del insulto

Mario Espinosa es un maestro joven con espíritu clásico. Se mira en el espejo de aquellos educadores republicanos que trataron de sacar al país del atolladero cultural reivindicando la enseñanza como principal camino de superación. Pertenece a quienes se indignan con la burocracia reguladora, con la desaparición de los libros de las aulas, con la proliferación de pantallas en los pupitres, con la carencia de presupuestos educativos socialmente progresistas… Es, de aquellos que aún intentan aplicar métodos racionales por encima o paralelamente a los planes de estudios políticos, emanados de los partidismos, tratando de que el alumnado sepa tejer el aprendizaje con la realidad cotidiana.

Esta semana, Mario dedicó el martes completo a explicar a su tutelado curso, de sexto de Primaria, la importancia del buen uso de las palabras, la correcta utilización de los conceptos a la hora de comunicar, el impacto social del buen diálogo y, de camino, ver cómo la sociedad avanza y se perfecciona cuando, por medio del verbo hecho carne, los dirigentes son capaces de alcanzar consensos y entendimientos duraderos.

Como es habitual en él, Mario, obvió señalar los aspectos negativos, caso de actuar de forma contraria o torticera al emplear el lenguaje. Enseñar en positivo, suele afirmar, genera corrientes eficientes. Y salió satisfecho con el interés mostrado por los escolares. Sin embargo, durante la comida se le atragantó el postre al ver y escuchar en los informativos el incidente parlamentario generado por el representante de Esquerra Republicana, Gabriel Rufián, al llamar “palmera” (batidora de palmas) a la representante del PP, Beatriz Escudero, quien a su vez lo calificó de “imbécil” (deficiente mental) acusándolo de guiñarle un ojo (machista).

Un escándalo dialéctico que puso el punto final informativo a la comparecencia de Álvarez Cascos, en la comisión de investigación sobre la financiación ilegal del partido conservador. El suceso episódico y el enfoque de la noticia desplazaron al olvido lo sustancial de la realidad, la corrupción. Mario pensó en su alumnado, probablemente pillado frente al televisor, y se dejó llevar por las escaletas.

Además de considerar, una vez más, absolutamente inútiles las comisiones investigadoras de los parlamentos, donde el circo mediático gana importancia en función de la magnitud de los malabares de quienes intervienen, Mario hizo balance de la implantación de la política del insulto en la vida cotidiana de portavoces y dirigentes. Intentó poner en la misma balanza la dialéctica comunicativa y la realidad. Esta le salió oscura y perdedora. La escandalera de los conservadores -PP, Ciudadanos y Vox-, contra el socialismo y los nacionalistas la consideró un insulto al buen juicio, en sesión continua. La retórica de los independentistas un insulto a la historia y al buen juicio… Tomó una decisión.

Al día siguiente, nada más entrar en el aula, Mario colgó sobre la pizarra, bien visible, una reproducción del cuadro de Goya Duelo a garrotazos. Tomó un ejemplar de la Biblia y dijo:

-Hablábamos ayer de las virtudes teóricas de la palabra. Hoy lo haremos de la realidad dialéctica, empezando por Caín y Abel. Prestad atención.

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