Elecciones no sólo andaluzas

 

Evitar cualquier contaminación del debate nacional. Marcar distancias con  el presidente del Gobierno y del partido, Pedro Sánchez. Son algunas de las interpretaciones que en mayor medida se están manejado estos días para explicar o justificar la decisión de Susana Díaz de adelantar tres/cuatro meses las elecciones autonómicas en Andalucía. Ella ha sido la primera en dar el paso, pero hay otros presidentes socialistas como el valenciano Ximo Puig que no se atreven, aunque ganas no les faltan para hacer lo propio.

Caben otras motivaciones, como el horizonte penal que con los ERE falsos el partido tiene allí por delante y la propia inestabilidad derivada de la ruptura por parte de Ciudadanos de la alianza que ambas fuerzas mantenían. Sea como fuere, el caso es que se abre así un largo y decisivo ciclo electoral.

Como bien se sabe, hay en el horizonte cercano una serie de convocatorias. Unas que podríamos considerar fijas y otras, condicionadas. Entre las primeras están las municipales, autonómicas y europeas de primavera. Y entre las segundas, unas posibles generales adelantadas si Pedro Sánchez, por vientos a favor o en contra, no cumple su actual pretensión de agotar legislatura, y unas catalanas si el desbarajuste político que allí se vive no obliga al zombi Quim Torra a adelantar también los comicios.

En lo que hay coincidencia es en señalar que las elecciones andaluzas, amén de decidir quién gobernará una Junta que lleva desde siempre -treinta y tantos años-  en manos del Partido Socialista, tienen al tiempo una dimensión estatal; esto es: que actuarán como banco de pruebas de los tres grandes partidos nacionales.

Para el Partido Socialista habrán de ratificar o no el llamado “efecto Sánchez” que dicen acompaña al también presidente del Gobierno desde su llegada a Moncloa hace cuatro meses. Y aunque no es muy ortodoxo hacer proyecciones a  ámbitos territoriales ajenos a la propia convocatoria, podrá ser la ocasión para comprobar si el cúmulo de revolcones, contradicciones y dimisiones de ministros va calando en la opinión pública. Un buen resultado de Despeñaperros para abajo le afianzaría, sin embargo, en el poder.

El año electoral que se abre será también decisivo para un PP que con Pablo Casado estrena y habrá de confirmar liderazgo,  que presenta a un flojo candidato no muy de su agrado, y que tiene como objetivo no dejarse superar por un serio contrincante en el espacio del centro, cual es Ciudadanos.

Consciente de que la fragmentación del espacio político y de la práctica imposibilidad de una mayoría absoluta en su favor, Casado ya ha tendido la mano a Albert Rivera para optimizar resultados y articular eventuales coaliciones estables. Dudo que vaya a ser correspondido.

Lo que sí es cierto es que desde el comienzo de la Transición el Partido Popular  tiene pésima experiencia y recuerdo de las mayorías relativas en las urnas. Y valga un reciente botón de muestra: de las trece comunidades donde se celebraron las últimas autonómicas (mayo 2015),  el PP ganó en nueve, pero gobierna en tres, mientras que el PSOE ganó en dos, pero gobierna en siete. ¿Normal?

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