La transición y el pragmatismo de Carrillo

 

Siendo yo una persona que, por edad y por oficio, vivió la transición, conocí y entrevisté a sus principales actores y guardo memoria gráfica y literaria de ello, me produce gran indignación la repetidamente ignorante, sesgada, parcial e indocumentada crítica a aquel histórico proceso por parte de quienes ni lo vivieron o que, en todo caso, pertenecen a organizaciones ausentes hasta última hora en la lucha contra el franquismo, aunque ahora pretenden ser los más antifranquistas de todos.

En mi tiempo, el tiempo ha decantado mis propios apriorismos juveniles y crece mi respeto por los hombres y mujeres de aquellos días, a su pragmatismo y sentido de la realidad para pasar del franquismo a la democracia, en forma de monarquía parlamentaria que, en aquel momento tanto critiqué desde mis sentimientos republicanos. De los personajes de entonces –y pese a otras controversias de su biografía- emerge para mí de modo peculiarmente ilustrado la figura del entonces secretario general del PCE Santiago Carrillo, con quien conversé repetidamente en varias ocasiones y al que seguí, como periodista, en muchas de sus comparecencias públicas.

Recuerdo especialmente un mitin al inicio de la transición en el obrero barrio de Lavadores de Vigo, ante una entusiasta masa de obreros, las vanguardias de Comisiones Obreras y del Partido Comunista y una multitud de simpatizantes que reclamaban la ruptura democrática y la reposición de la república como forma de Estado. Yo era entonces un matizado partidario de esa salida. Carrillo nos sorprendió a todos cuando, en contra de lo que la gente esperaba que dijera, afirmó: “El cambio de la bandera no justifica que en España se corra el riesgo de otra guerra civil”.

En alguna entrevista posterior de las varias que sostuve con él, me aclaró: “Era quimérico esperar que las cosas se pudieran haber desarrollado de otro modo. Se abrió una brecha que nos permitió entrar en un nuevo escenario en el que podríamos luchar abiertamente por nuestras ideas Y no se podía perder la oportunidad”. Ahora que, transcurrido el tiempo, se urge una revisión de la historia por quienes ni la vivieron ni la parecieron, quiero recuperar aquel otro juicio de Carrillo: “Si en esa primera fase de la transición la izquierda hubiera planteado la exigencia de responsabilidades históricas -lo que hubiera sido normal en un proceso determinado por la fuerza militar, en una revolución- no se habría coronado con éxito esa primera fase de proceso. La fuerza militar, la capacidad de recurrir a la violencia, la tenían exclusivamente los ultras franquistas, que controlaban las fuerzas armadas frente a un pueblo todavía traumatizado por la derrota en la Guerra Civil y por cuarenta años de terrorismo de Estado”.

Pero, ¿por qué la más activa organización de oposición al franquismo aceptó la reforma y no trató de forzar la ruptura. Según el viejo comunista, la ruptura proponía sólo cuatro objetivos concretos: 1º. Amnistía. 2º. Legalización de los partidos políticos y organizaciones sociales. 3º. Elecciones a Cortes Constituyentes, y 4º. “Estatutos de autonomías. “Estos objetivos, en definitiva, fueron realizados por el Gobierno de Adolfo Suárez, a veces causando sorpresa y colocando a los sectores inmovilistas ante los hechos consumados”, decía el viejo comunista.

Y en contra de lo que ocurre en nuestros días, Carriño expresaba su confianza en un futuro, en el que el protagonismo político estuviera en manos de generaciones que no tuvieran ya ninguna relación personal ni con la Guerra Civil ni con la dictadura franquista, que no son ya ni “republicanos rojos”, ni “nacionales”, aunque sus antepasados hubieran sido de uno u otro bando. Y decía: “Será el momento en que con objetividad puede enjuiciarse la historia próxima de nuestro país, prescindiendo de lo que pudo hacer papá, el abuelo o el bisabuelo”. Carrillo se equivocó y son, en no pocos casos, los hijos o beneficiados de notables franquistas quienes con más ahínco discuten la transición, la critican, la condenan y, lo que es peor, pretenden revisarla al tiempo que despierten los odios que aquélla trató de conjurar.

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