La incógnita Valls

 

No sé si a tenor de sus primeras declaraciones Manual Valls no se habrá confundido  de ventanilla a la hora de presentar su candidatura a la alcaldía de Barcelona. Su gran propósito de hacer del Ayuntamiento capitalino una alternativa al proceso independentista parece más propio de otras instancias superiores, cuales podrían ser la comunidad autónoma, el Congreso de los Diputados e incluso Bruselas.

Dicen quienes allí viven o la visitan con frecuencia que Barcelona está muy lejos de ser lo que era, convertida como está  en una ciudad decadente, mucho más sucia, incívica, insegura, antipática y caótica que hace cuatro años. “La inepta Ada Colau  – añaden los más contundentes- se ha cargado una de las más atractivas ciudades del mundo”. No sólo se han fugado las grandes empresas. También empiezan a hacerlo los profesionales, que quieren trabajar  en ciudades globales y que huyen del desorden y la inseguridad jurídica.

No obstante, nadie  –o muy pocos- ven al ex primer ministro francés (2014-2016) peleando con manteros, camellos, okupas y antisistema, que han surgido como setas y que inundan y degradan la ciudad hasta extremos –por lo que se cuenta- inimaginables. Nacido, sí, en la capital catalana,  está muy lejos de haber vivido allí como para conocer barrio a barrio los problemas y llegar al elector de a pie. Ese es su punto débil. Y está por ver también hasta qué punto Ciudadanos, patrocinador de la candidatura, queda difuminado. La campaña lo dirá. Pero de momento el franco-catalán marca distancias.

A los más ilusionados con la opción Valls la situación les recuerda  el caso de Tierno Galván, el viejo profesor de Derecho Político que a sus 61 años fue elegido –con la ayuda del PCE- alcalde de Madrid, para partir de ahí  gobernar la Villa y Corte durante dos legislaturas, transformar en buena medida la ciudad y terminar siendo uno de los primeros ediles más populares. Como se recordará, a su muerte fue despedido por el pueblo de Madrid con una multitudinaria manifestación de duelo.

No es que se espere –o se le exija- tanto de Manuel Valls. Cierto es, sin embargo, que no pocos alcaldes están ya tomando medidas urgentes con el objetivo de imponer el decoro en sus respectivas urbes. Y esto sí puede estar a su alcance.

En la atiborrada Florencia, por ejemplo, el Consistorio ha prohibido pararse a comer, en las calles céntricas, en el bordillo de la acera, delante de un negocio o simplemente permanecer de pie devorando el gustoso bocata, para evitar de alguna manera los restos de comida dejados por doquier. La infracción puede llevar a una multa de hasta 500 euros.

Y Venecia anda manejando más de lo mismo: no quiere turistas –treinta millones al año- tirados por el suelo, aceras, bancos públicos  o escalones de monumentos del centro histórico, bien para comer, bien para dormir. Amén de la consabida pena económica, la infracción puede acarrear la prohibición de acceder a determinados espacios de especial valor en la ciudad. El barra libre, como en la Barcelona actual, se va terminando Europa adelante.

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