Histórico acuerdo

 

Suele decirse  que la pulsión asiática está en los genes de los jesuitas. Como bien se sabe,  Francisco Javier, compañero del fundador Ignacio de Loyola, predicó en Japón (1549-1552) y falleció en la isla china de Shangchuan, a las puertas del gran continente. Y fue otro jesuita, el italiano Mateo Ricci, quien protagonizará años después (1582-1610) la increíble aventura de compatibilizar la  labor evangelizadora con sus saberes de Matemáticas, Astronomía y Cartografía. De su mano no pocos intelectuales chinos entraron por primera vez en contacto con la ciencia europea.

No habrá, sin embargo, que  remontarse tanto en el tiempo para recordar así mismo que del Lejano Oriente llegaron dos recientes prepósitos generales de la Compañía:  el vasco Pedro Arrupe (1965-1983) y el palentino Adolfo Nicolás Pachón (2008-2016).

Por lo que se cuenta, en sus primeros tiempos como jesuita, en Buenos Aires, el entonces, sin más, Jorge Mario Bergoglio quiso también ser enviado como misionero a Japón. No logró el preceptivo permiso. Pero hoy, como papa Francisco, le cabe la íntima enorme satisfacción de haber cerrado con la República Popular China un acuerdo llamado a ser histórico para la Iglesia toda y, en especial, para los católicos del gigante asiático.

El convenio es fruto de un largo y complejo diálogo institucional, con no pocas incidencias, entre la Santa Sede y las autoridades de aquel país, iniciado ya por Juan Pablo II y seguido por Benedicto XVI con su célebre Carta a los católicos chinos (2007). Su objetivo, espiritual y pastoral, no es otro –según palabras del propio Santo Padre- que sostener y promover el anuncio del Evangelio  y “restablecer la plena y visible unidad” en la Iglesia católica en China, marcada por profundas tensiones y divisiones, que se han polarizado sobre todo en torno al nombramiento de obispos. A partir de ahora, habrá un diálogo previo sobre eventuales candidatos, pero la designación será del papa.

Para los usos y costumbres diplomáticas en curso, se trata de un acuerdo sui generis. Su contenido no ha sido hecho público  por tener carácter provisional y en cierto modo experimental, sujeto a revisiones y perfeccionamientos. Pero está en vigor y es vinculante. De hecho, el acuerdo ha tenido de momento dos efectos.

Por una parte, ya el mismo día de su anuncio el papa Francisco admitió a la plena comunión a los últimos ocho obispos consagrados sin mandato pontificio. Por otra, la erección de una nueva diócesis, al noreste del país, algo que nadie había podido hacer desde Pío XII en 1946,  habida cuenta de la ruptura de relaciones diplomáticas entre las partes a raíz de la excomunión por el papa Pacelli de dos prelados designados por Pekín.

Que el acuerdo va a levantar ampollas entre los católicos que han resistido todo este tiempo sin plegarse a las imposiciones del régimen, parece evidente. De “traición increíble” ha hablado el cardenal Joseph Zen, 86 años, obispo emérito de Hong Kong. En el importante mensaje justificativo  hecho llegar a los católicos chinos y a la Iglesia universal el papa Francisco promete que no serán abandonados. Pero a juicio de la diplomacia vaticana, más vale un acuerdo que suponga algún avance que no tener ninguno.

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