Educación, la cuenta pendiente

Las mejoras en nuestra enseñanza son innegables a pesar de que los políticos fueron incapaces de alcanzar el Pacto de Estado que dejaría a la enseñanza fuera del debate político y mejoraría todos los ratios de aprovechamiento de los alumnos.

En esas seguimos. El curso se abrió con dos iniciativas del Ministerio de Educación. La primera, incorporar la “perspectiva de género” revisando los libros de texto para acabar con “los sesgos machistas”. Es una iniciativa plausible que evitará discriminaciones y logrará unos textos inclusivos e integradores.

Más controvertida es la segunda iniciativa que reveló la ministra Celaá en el Congreso al confirmar que quiere modificar el artículo 109.2 de la Lomce para “retirar el requisito de demanda social” que hasta ahora permitía a los centros concertados sacar más plazas. Es un ataque a este modelo de enseñanza que atiende a un 25 por cien del alumnado y favorece el derecho constitucional de los padres a elegir libremente la enseñanza que quieren para sus hijos. Pero la ministra perdió la oportunidad de tomar la iniciativa y reunirse con todos los protagonistas del contexto educativo para remediar la tasa de abandono escolar, una de las más altas de la UE, y la elevada tasa de repetidores.

Al tiempo, debería impulsar dos mesas de trabajo. La primera para estudiar con los mismos actores y expertos los perfiles profesionales del futuro para redefinir y adecuar los planes de enseñanza. El objetivo es que los alumnos sepan responder a los retos y requerimientos de “la sociedad líquida” de Bauman en la que lo único permanente es el cambio.

La segunda mesa con las Comunidades Autónomas para acordar, a falta del pacto Educativo, que los libros escolares, respetando las singularidades territoriales, tengan unos contenidos básicos iguales. Sin sectarismos, sin manipulación de la historia común y sin adoctrinamientos. No se trata de recentralizar sino de evitar, en palabras de la experta sueca Inger Enkvist, que las ideologías locales manipulen los programas educativos. Y de poner orden en el caos de los 17 modelos de enseñanza descoordinados, si se quiere que el sistema educativo forme ciudadanos de un mismo país.

De todo esto, ni una palabra, la ministra siguió la máxima lampedusiana “que todo cambie para que todo siga igual”, lo mismo que hicieron sus antecesores. Por eso, la Educación es el gran fracaso de toda la sociedad, la cuenta pendiente de nuestra democracia.

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