Arabia, crisis cerrada

Ocho días después de que la ministra de Defensa provocara el incendio diplomático y laboral paralizando la entrega de las bombas inteligentes a Arabia, el Gobierno rectificó, aplacó a las autoridades saudíes, a los trabajadores de la bahía de Cádiz, levantados en defensa del contrato de las corbetas que garantiza su trabajo, y llevó la tranquilidad al naval de Ferrol, que vive en crisis desde la reconversión industrial de los ochenta.
El Gobierno se apuntó al pragmatismo, a la política real de las responsabilidades de gobernar sobre las convicciones personales, aunque justificar la decisión en que “las bombas de alta precisión no se equivocarán matando yemeníes”, es una explicación insultante de Borrell y la portavoz que toman a los españoles por imbéciles.

Apuntarse al pragmatismo es lo que también hacen nuestros vecinos europeos –Reino Unido, Francia, Suiza, Alemania o Suecia– que venden armas a Arabia y tienen pocos escrúpulos al relacionarse con países sin pedigrí democrático para  posicionarse en buenas plataformas políticas y económicas.

Dos ejemplos. En enero de 2016 Francia recibía con honores al dictador Raúl Castro con el que mantuvieron encuentros cordiales en una visita de carácter económico que culminó en la reunión con empresarios franceses que exploraron oportunidades de negocio en el país caribeño.
Por esos mismos días, Italia recibía al presidente iraní Hasan Rohaní y le llevaron a visitar los Museos Capitalinos tapando previamente los desnudos de las esculturas “como forma de respeto a la cultura y sensibilidad persas”. ¿Solo por eso? Reparen en que Rohaní viajó con una delegación de empresarios y durante su visita se firmaron contratos por importe de 5.500 millones con el grupo siderúrgico Danieli y 4.000 con otras empresas para proyectos de infraestructuras. Así es la relación entre países, “gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones”, decía Felipe González.

Vender armas a Arabia seguro que es una dura decisión, aunque sea para mantener puestos de trabajo, pero la lección que recibió el Gobierno de este episodio es que la diplomacia económica se sustenta en complejas estrategias y deja poco margen a los arrebatos emocionales que contradicen la realidad.

En fin, que esta crisis está cerrada, ahora queda el descrédito de España. No descarten que la ligereza de la veterana ministra tenga repercusión en las empresas que trabajan en infraestructuras, construcción y tecnologías en aquel país.

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