Relaciones cartesianas

 

“Nunca consideres el estudio como una obligación, sino como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber”… Qué ausentes quedan estas palabras de Albert Einstein en los quehaceres de nuestra actualidad mediática. Reconozcamos que la coetaneidad de nuestros políticos y sus colegas de prensa nos han dejado la semana con buena referencia escolar. Cuando estábamos en pleno proceso de olvido sobre algún que otro master de dudosa efectividad académica y pendiente todavía de una decisión judicial, que no son palabra menores, despedimos a otra ministra que, en su affair del nuevo mercado educativo, se plantó un master deprisa y corriendo tras su buen hacer académico en sus estudios de medicina. Pero este país siempre necesita de algo más. Somos especialistas en entrar a saco con todo aquello que sepa a carnaza y era el momento oportuno de intentar, como buenos toreros, dar la estocada mate a la máxima figura del contrincante político. Contemplemos también que para la mayoría de nuestros conciudadanos hablarles de master y tesis les suena a lejanos trabajos universitarios, con un extraño respeto por esta titulitis que tanto nos empodera en las tertulias baladís en las que, por un pequeño argumento, se nos ofrecen decenas de descalificativos para llenarse de razón sin poder demostrar nada.

Hace tiempo que pude darme cuenta de lo fácil que es mentir desde nuestros propios perfiles sociales, donde es sencillo citar en nuestar información el simple nombre de una universidad que no hemos pisado nunca para aportarnos la imagen de licenciados, graduados y no sé cuántas cosas más. El saber no ocupa lugar, pero la ignorancia habita en los huecos de la estupidez.

De ahí el interesante conocimiento especializado que nos autoatribuimos todos para despreciar una tesis o cuestionar las calificaciones de un tribunal académico a la primera de cambio. Y no se nos pone por delante ni el tema más complejo, aunque se trate de energía cuántica. Tampoco nos van a fastidiar un titular o nuestra propia necesidad ideológica del y tú más, tan propio de nuestra cultura nacional. Y tampoco servirán ni las pruebas informáticas sobre la posibilidad o no del plagio; y si hace falta, experimentamos con palabrejas tan interesantes y poco clarificadoras para el propio mundo editorial como el “autoplagio”, esgrimida sin rubor estos últimos días. En fin, deberíamos los propios periodistas poner celo con los reproches cuando alimentamos ciertos posicionamientos, teniendo, como tienen algunos, la sombra inapelable de sentencias firmes de plagio o acusaciones de “fusilar reportajes” de otros compañeros, para calentar motores sobre ciertas temáticas.

Creo que al final, todo esto se nos está llendo de las manos y del propio rigor público. Deberíamos empezar a vigilar la información y sus efectos para dejar de jugar con estructuras que siguen siendo la plataforma de nuestra ética social y la conciliación con la justicia. De otra forma, la espiral del desprestigio de cualquiera puede ser tan arbitrario que lo único que conseguiremos es armar de argumentos a quienes azuzan desde los extremismos más dolorosos de nuestra historia. Y para ello, siempre encontrarán buenos kamikazes públicos que les acompañen hasta el final.

Deberíamos recordar las palabras de Descartes, padre de la filosía moderna, cuando decía que “Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro”… Se nos queda pequeño el plano cartesiano para reconocer todo lo que no sabemos, y sin ello, la opinión siempre nos dejará fuera de contexto.

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