El Falcon del presidente

Al Falcon 900 de la Fuerza Aérea Española animó los últimos días de julio y acabó siendo uno de los culebrones del verano cuando llevó al presidente del Gobierno a ver la banda The Killers en el Festival de Benicássim

No sé si el mandatario utilizó el avión oficial como “signo de poder, pompa y boato”, en palabras del alcalde Tierno, o por razones de seguridad, como se dijo en versión oficial. Lo que roza el ridículo es justificar ese viaje porque el presidente “tuvo agenda cultural nocturna” y más ridículo es la posterior declaración como “secreto oficial”. En todo caso la utilización del avión es una minucia que no atenta contra los fundamentos del Estado.

Hechas estas anotaciones, unos días después de aquel viaje el profesor Gay de Liébana ironizaba con la querencia del jefe del ejecutivo al Falcon 900 y le daba unas ideas. Si él fuera presidente, decía, volaría en ese avión a la República Checa, a Alemania y a Irlanda para indagar por qué el paro de estos países es del 2,4, del 3,4 y del 5 por ciento, respectivamente, y en España del 15,2 por ciento y subió en agosto. En Irlanda, añadía, preguntaría también al primer ministro por qué el gasto público es del 26 por ciento del PIB, mientras que aquí asciende al 41 por ciento.
En esta línea de dar ideas al presidente, procede aconsejarle más viajes “virtuales”. Por ejemplo, a Finlandia para tomar nota de las claves del éxito de su sistema educativo y del acuerdo entre las fuerzas políticas y copiar el modelo, incluido el pacto por la Educación, hasta ahora imposible.

Una escala en París para preguntar a Macron qué haría si el presidente de un departamento incita a atacar al Estado, desprecia al mismo jefe del Estado y aplaude la quema de símbolos de la República.

El periplo virtual del Falcon quedaría completo si el presidente aprovechara las escalas en Berlín y París y arribara a otras capitales europeas destrozadas por la última guerra para constatar como esos países aceptaron “la verdad” de los historiadores y superaron las pérdidas de vidas humanas y materiales y las heridas de aquel conflicto fratricida sin el reiterado recurso a la memoria histórica o a comisiones de la verdad.

Ver qué hacen las democracias consolidadas –países punteros– y copiar su modelo de gestión del empleo, la educación, el gasto público, el respeto a los símbolos o la defensa de los valores democráticos es un “espionaje político” honesto. Debería ser obligatorio para aprender de los mejores.

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