Amarillismo político

Perdonen mi suspicacia pero, aunque intento evitarlo, los lazos amarillos sembrados por las calles y plazas de Cataluña me recuerdan a las famosas cabezas reducidas, coleccionadas por los jíbaros como trofeos de guerra. Irremediablemente me remiten a una aminoración catastrófica de la señera. Y la visión me empuja a reflexionar sobre el simbolismo e influencia en la ciudadanía de esos lazos, utilizados por los independentistas catalanes como santo y seña de identidad de su lucha actual.

Probablemente la elección se corresponda con la casualidad, como casi todo cuando la historia se construye atropelladamente. Sin embargo, ni siquiera lo casual está nunca desconectado de los mecanismos racionales o irracionales de nuestra existencia. Veamos unos ejemplos. La reducción de la señera a ese ínfimo y anudado trapo amarillo, privando a la alegoría del poderoso rojo -símbolo del poder, de la vitalidad, de la pasión y de la ambición- reduce así la fuerte personalidad catalana a una sola vía y la impregna del color sicológicamente más contradictorio de toda la gama principal.

El amarillo -existen más de cien tonalidades- representa a dos estadios enfrentados pero siempre inseparables. Es el color de la felicidad, de la alegría y del optimismo pero siempre pisoteados por la envidia, los celos, el enojo, el egoísmo y la traición. En la Edad Media se utilizaba este color para reconocer a los proscritos y en política siempre identificó a los traidores. Durante la dictadura franquista los sindicatos verticales fueron considerados amarillos. En el universo de la comunicación moderna, el amarillismo es sinónimo de manipulación y sensacionalismo. Y en el teatro se considera un color de mala suerte desde la muerte de Moliére…

¿Están estos lazos amarillos definiendo la esencia oculta de los independentistas catalanes? Yo ni quito ni pongo rey pero me atrevo a pensar que las fuerzas telúricas que mueven lo cotidiano, desde la identificación de las teorías numéricas de Pitágoras hasta la utilización de los colores como elementos para sanar o producir enfermedades, desde las misas negras a las liturgias blancas donde los colores del oficiante patrocinan la gloria -dorado-, la muerte -negro-, la pureza -blanco-, el dolor -morado-, la esperanza -verde-, el poder -rojo-… me atrevo a pensar, digo, que el amarillo maligno no está ahí, protagonizando un capítulo de ruptura de la convivencia, simplemente por casualidad.

A quienes no somos independentistas, y contemplamos el conflicto y los lazos desde fuera de Cataluña, ese amarillismo impositor nos transmite, indudablemente, traición a la convivencia y a una larga historia en común dentro de la diversidad y el respeto. Por cultura o por intuición vemos en el proceder de los independentistas manipulación y egoísmo. Y nos preguntamos por qué quienes están en desacuerdo con ese color no siembran las calles con lazos verdes de esperanza, rojos de pasión, azules de tradición, blancos de convivencia y, en lugar de generar más conflicto arrancando los amarillos, suavizan la situación con la pluralidad, la misma sobre la que se sustenta la realidad de la Cataluña que fue guía de la modernidad y del progreso.

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