La II República perdió la guerra

Es una obviedad, pero a veces se quiere olvidar, que la II República perdió la guerra. Es un hecho histórico, incontrovertible que no se puede cambiar. Podemos analizar las causas de la derrota y sus consecuencias y cómo se llegó a ello. Hay abundante literatura, empezando por el propio testimonio de los perdedores para comprenderlo. Me permito recomendar lo que al respecto escribe el general Vicente Rojo, uno de sus más destacados protagonistas.

En nuestros días, quienes no vivieron el franquismo ni la transición se han convertido en revisores del pasado con más bien escaso equipaje de imparcialidad o mera documentación para intentar cambiar lo que no se puede cambiar, pero lo más peligroso es que, desde esa ignorancia, formulan juicios y emiten sentencias sobre dónde estuvieron los buenos y dónde los malos con simplismo ignorante. Ya he contado que a lo largo de mi vida como periodista tuve el privilegio de entrevistar a destacados protagonistas de la II República y la Guerra Civil, desde Carrillo a Enrique Líster y desde Gil Robles a Dionisio Ridruejo. Las entrevistas, grabadas y digitalizadas están depositadas y se pueden consultar en el archivo sonoro de Galicia.

El mérito de la transición fue el intento de poner a cero los contadores de los odios e iniciar una nueva etapa en la historia de España, y de destacar el papel que en ese objetivo jugó el propio Partido Comunista. No fue todo perfecto, y quedaron importantes flecos. Coincido con los que opinan que la “Ley de la Memoria Histórica” se quedó corta o, como escriben los historiadores Stanley G .Payne y Jesús Palacios “es una ley sesgada”. Es del todo justo y necesario que los familiares de los republicanos que pueblan las cunetas de España recuperen a sus deudos y que se les honre, reivindique y recuerde dignamente. La transición se olvidó de ellos. Pero la tragedia nacional nos incumbe a todos. Franco persiguió a los republicanos durante décadas y hasta inicios de los años sesenta se solventaron responsabilidades por su actuación durante la guerra civil, alguna conocida en todo el mundo. Sáinz Rodríguez, que fue ministro del Caudillo, nos deja en sus memorias un dato aterrador: Franco firmaba los enterados de las condenas a muerte mientras desayunaba. Y otra prueba de su carácter lo revela este dato: Cuando visitaba las obras del Valle de los Caídos pasaba por delante de presos que conocía por haber sido militares sin ni siquiera mirarlos, en tanto Millán Astray se paraba con ellos y les daba tabaco.

Don Manuel Azaña decía que matar a una persona es lo mismo que matar a cien, “matar es”. En este caso, se han echado muchas veces las cuentas de los asesinatos y ejecuciones que cometieron unos y otros, e incluso se ha tratado de establecer gradaciones entre el terror anárquico y los procesos judiciales, ya fueran tribunales populares o consejos de guerra, “matar es”. Sólo antes de la guerra civil, fueron muertas entre asesinatos y enfrentamientos de pistoleros de los dos bandos 2.500 personas, como macabro preludio de lo que se avecinaba. Según Palacios y Stanley G. Payne, las estimaciones actuales permiten aventuras que en el banco republicano se cometieron 56.000 asesinatos, cifra que casi se dobla en el bando de Franco, al sumarse las ejecuciones judiciales, derivadas de los consejos de guerra que se prolongaron durante muchos años tras la guerra civil.

Sería interesante, insisto en ello, que quienes ahora están propugnando una revisión simplista de nuestra historia reciente y reparten a buenos y malos según sus personales punto de vista, sin el adecuado contraste, también pusieran sus ojos en un documento: “La dominación roja en España. Causa General instruida por el Ministerio Fiscal”. Me dirán que es un informe fascista, parcial, interesado, un recuento desde el bando franquista de los crímenes atribuidos a la República. Pero los crímenes, asesinatos, sacas y ejecuciones que allí aparecen, muy ilustrados con las fotos de aquellas desdichadas personas, ocurrieron. Y ya sé que la memoria de estas víctimas ya fue reivindicada y honrada.

No hay diferencia alguna entre los pistoleros de la Falange o los de la CNT, la FAI o el Partido Comunista de entonces o los anarquistas. Es más, creo que, cambiados de bando, muchos de estos indeseables habrían hecho lo mismo. La “Causa general” a la que me refiero se extiende por el llamado “terror anárquico” y las terribles “Chekas” del Madrid republicano, alguna tristemente famosa, dirigida por un conocido miembro del PSOE de la época, el cruel asesino Agapito García Atadell, sin que me conste que el PSOE haya pedido perdón, por cierto, por ello.

Siempre me ha impresionado la impotencia del Gobierno republicano, sin fuerza y sin medios para atajar el terror o evitar la muerte violenta de tantas personas, como está probado que lo intentaron el propio Indalecio Prieto o el mismo Azaña. Pero estos hechos son una realidad histórica que hemos de asumir. La República perdió la guerra.

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