Naftalina 181

La noche del 23-F de 1981, después de escuchar a Juan Carlos I, dormimos intranquilos unas pocas horas. Cuando los golpistas desalojaron el Parlamento nos quedamos con el mal sabor de boca y la mala digestión de una situación que después hemos ido digiriendo con artículos, investigaciones y reportajes para matar nuestros propios temores. Hemos querido convencernos de que el tejerazo había sido el último estertor de la dictadura sin darle importancia a la pervivencia en los cuarteles y puestos de mando de protagonistas o cómplices de aquel desaguisado de zarzuela castiza.

No hemos querido ver los privilegios de que han gozado y gozan los militares y guardias civiles implicados en la trama y, mucho menos, quienes por ideología, y hasta por endogamia, han seguido manteniendo viva la llama de los viejos golpes de armas del siglo XIX. Y cuando en los cuarteles, por recordar algo, han celebrado con paella y champán el aniversario de la toma del Congreso, desde el mando político se ha resuelto el atrevimiento con más temores que diligencia. Con más voluntad de paciencia que de reforma del franquismo incardinado en el ejército.

Esta situación, bajo el paraguas de la democracia y las libertades, contrasta con lo acontecido con la Unión Militar Democrática, nacida en la clandestinidad para democratizar las fuerzas armadas, descubierta durante el verano de 1975, a dos NO-DOs de la muerte del dictador, condenados y expulsados sus dirigentes en 1976, autodisuelta en 1977 ya iniciada la Transición, tras las primeras elecciones democráticas, pero nunca indultados ni readmitidos en sus puestos los responsables. Aún en 2002, la mayoría absoluta del PP rechazó que fuera reconocida su labor por el Parlamento y hubieron de esperar a 2009 para recibir ese elemental honor.

Leyendo la Declaración de respeto y desagravio al general Francisco Franco, soldado de España firmada por 181 militares fuera de servicio, quienes hasta antes de ayer han ejercido el poder de las armas, se abre la puerta del armario y el perfume a naftalina, además de marear, transmite una dolorosa realidad que ni las leyes biológicas han conseguido desterrar de las fuerzas armadas.

Si tuviésemos la valentía de considerar las dictaduras como acciones terroristas continuadas, estos personajes firmantes pasarían a ser condenados por exaltar el terrorismo, pero no nos hemos dotado de una ley que se atreva a ello. Ni siquiera el régimen democrático, asumido libremente, osó purgar de franquismo al ejército, como el soldado de España, Francisco Franco, hizo con los mandos y soldados republicanos españoles.

Las argumentaciones de los 181 para defender la permanencia de Franco en el Valle de los Caídos, además de insultar a la dignidad de los damnificados por la barbarie de su guerra incivil, se empeñan en mantener vigente las falacias empleadas durante más de cuarenta años para justificar y enaltecer uno de los episodios militares más negros de la España moderna del cual, ahí aciertan al exagerar, el caudillo Francisco Franco “fue el principal artífice”. Es evidente que su “declaración” también avala y refuerza la urgencia del decreto para exhumar los restos del dictador lo antes posible.

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