Anacronismos

Uno de mis profesores de literatura, don Francisco Mena Cantero era, y espero que lo siga siendo, un magnífico poeta. Se movía por el aula con humildad machadiana y enseñaba con eficacia. Lo recuerdo con el libro entre las manos, una novela cuyo nombre no se me alcanza, explicando en qué consiste el anacronismo en la literatura. Iban a ser las vacaciones de Navidad y nos proponía leer aquella narración para detectar los elementos y asuntos que no se correspondían con la época donde el autor había situado la acción. Ahí descubrí la palabra y el concepto. Y quizás, también, las urdimbres para fraguar realidades interesadas. Aquel trabajo juvenil influyó tanto en mi conciencia que no puedo dejar de contemplar nuestra cotidianeidad temiendo los efectos de los anacronismos.

Este viernes he estado atento a la conmemoración de los atentados de Barcelona del año pasado, a todo el entramado y puesta en escena del recuerdo del dolor, al telar donde se iban a cruzar los hilos del homenaje a las víctimas con las oportunidades y las obligaciones políticas. Y me pareció fuera de tiempo ese boato donde la muerte del presente se convierte en mérito frente a la barbarie ancestral, al desvarío de unas mentes emponzoñadas por el viejo integrismo de una creencia religiosa antigua que pretende modelar el curso de lo moderno.

Ese anacronismo de los criminales islamistas (el islam no predica la barbarie), que con voces del siglo VI se valen de la tecnología del XXI para inventar una guerra santa insensata, se ha incrustado en nuestra novela vital y hemos decidido dedicarle un capítulo entero, cuando quizás no merezca más de una nota al pie de la página, donde estemos dando cuenta del luctuoso suceso. Por la contra, las víctimas fueron una elemental sucesión de nombres sin currículos y emociones contenidas mientras las peripecias de los asesinos volvieron a ser objeto de reportajes, interpretaciones, recreaciones, incógnitas y especulaciones al por mayor. El homenaje como todos los de su especie fue, para mí, un acto fallido. En la comunicación, el móvil anacrónico venció por puntos a la realidad de la verdadera narración.

En la mesa política el oportunismo estaba servido antes de que nadie extendiera el mantel. Sabíamos que el anacronismo independentista no perdería la oportunidad para seguir apuntalando su edificio virtual -cimentado sobre falacias pretendidamente históricas-, y actuó en ese sentido haciendo gala de la cerrazón y necedad que, instalados en el poder, les permite desafiar la legalidad que deben representar. Se parecen mucho a los tardoantiguos emperadores romanos, apuñalándose por la espalda, mientras el Imperio se les iba de las manos. Las víctimas, para ellos, fueron un acto ajeno a su protocolo.

Sí, también la monarquía de Felipe VI representa un anacronismo vivo e institucional. Y las proclamas caudillistas de Pablo Casado y Albert Ribera no lo fueron menos. Y no sé si se salva la discreción pragmática del socialismo, navegando entre la ceremonia de la confusión… Imitando a don Francisco, al iniciar el nuevo curso, propongámosles a todos los protagonistas del reality político una lectura analítica de los anacronismos que alientan en su novela. Que también es la nuestra.

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