Distopía nacional

 

“Somos mucho más hábiles para fabricar distopías, que para buscar utopías. Porque somos más hábiles para crear el infierno que para inventar el cielo”. Así se expresa la escritora y activista canadiense, Margaret Atwood. Una reflexión recordada estos días ante el aniversario de los desgraciados atentados en Barcelona. No podíamos comportarnos mucho mejor, y teníamos que guionizar una excelente antiutopía que hiere lo mejor de nosotros mismos descolgando una sociedad indeseable en si misma. Y posíblemente, casi todos colaboramos con euforia en estas cosas que tanto deprecian este sinsentido en el que a veces parecemos enrocarnos.

Las imágenes con sus especiales televisivos demuestran una vez más lo poco que nos importa el contenido, y narcotizamos nuestra sangre con el contexto más efímero y tosco de nuestra realidad. Las víctimas pidieron y rogaron la despolitización de los actos y denunciaron la falta de atención en este año horribilis que han tenido que sufrir en silencio y con resignación, esa que nos colgamos en esta vida en algún momento y que se refugia en la discreción del dolor.

Con estos antecedentes llegamos a un día clave en este país para redimir la paz y la no violencia. En esta ocasión no hizo falta mucho gesto político para llevar a las armas dialécticas a todos aquellos que conformamos sociedad. La guionización de nuestra actualidad nacional lleva años escribiéndose sin que nos percatemos que somos nosotros los títeres protagonistas de esta distopía maquiavélica. Nos olvidamos de donde venimos cada día, a pesar de las buenas palabras que escuecen como salitre en tantas heridas sociales. Somos incapaces de hacer autocrítica de nosotros mismos y jaleamos, cada vez con más determinación y entusiasmo, el desprecio al diferente, abanderando la soberbia de no sé qué sentimiento nacional. Y como ya he reflexionado alguna que otra vez, en lugar de informarnos y garantizar nuestra equidistancia ante las cuestiones que en verdad nos deberían preocupar y ocupar, asumimos nuestro forofismo más impúdico buscando siempre la culpa en el contrario.

Con este discreto dolor por aquellos que ya no están, me quedo con los que perdieron lo más grande que tenemos, que es la vida. La misma que abandonaron forzadamente otras tantas en la historia más cercana de este querido país. Y digo cercana porque no llegamos ni al centenario del más atroz enfrentamiento social que se puede protagonizar, demostrando que nuestra distropía nacional se lleva el mejor de los primeros puestos. Mientras sigamos sin reflexionar de donde venimos, poco tenemos que hacer con nuestros futuro. Decía nuestro antidogmatista Jorge Luis Borges, “Otro cielo no esperes, ni otro infierno”. Ahí encuentro mi desesperanza, en ese punto irritante del tiempo, sin mejor cielo para conquistar pero con la mirada de reojo hacia otros infiernos inciertos.

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