El fracaso de la modernidad

Hoy  vivimos en un mundo en el que domina un relativismo frágil que rezuma alergia a hablar de verdad y que descalifica y desprecia de inmediato al que se atreve a decir algo en relación a la verdad. En este marco, el famoso sociólogo francés  Touraine escribe Crítica de la Modernidad, libro en el que admite que la revolución de los sesenta fracasó porque, ¿cómo es posible decir que todo vale, que prohibido prohibir, o que hago con mi cuerpo lo que quiero, si vivimos en un mundo en el que hay prohibiciones efectivas? Es el fracaso de la Modernidad del que también ha escrito Sebreli en El asedio a la modernidad. Para Sebreli, si vale todo, vale la razón del tirano, la del torturador, la del extorsionador o la del corrupto.
Incluso los llamados supervivientes del colapso marxista, Habermas por ejemplo, no deja de criticar ese relativismo ambiental consecuencia de abandonar al hombre únicamente a la razón, cortando cualquier relación con la trascendencia. Al final, la profecía del bueno de Dostoievsky se ha hecho realidad: “Si Dios no existe, todo está permitido”.

En este contexto, el tema más importante es el de la verdad. Y para enfocarlo con cierta garantía de éxito, no queda más remedio que distinguir entre “objetividad de la verdad” y “libertad de hecho para descubrirla o no, para adherirse o no a ella”. Veamos.

El hecho de que existan verdades objetivas ancladas en la naturaleza humana no implica que se produzca atentado alguno contra la libertad. ¿Por qué? Sencillamente, debido a que esas verdades, por sí mismas, no pueden ser impuestas sino que, en su caso, han de ser elegidas, queridas en virtud precisamente de un acto de libertad. No se trata, en estos supuestos, de “verdades” o “construcciones” que son fabricadas por el ser humano. Se trata más bien de dimensiones esenciales a todo ser humano que puede encontrarlas, pero no fabricarlas o producirlas en su interior. Su existencia no atenta a la libertad. Su imposición, sí, como es lógico. En este caso, estaríamos en un caso de fundamentalismo, lo contrario, esencialmente, de la libertad. Obviamente, el fundamentalismo pugna con el relativismo por aspirar a imponer la verdad violentando la libertad. Por el contrario, el realismo filosófico admite la existencia de la verdad y, quien quiera adherirse a ella, que lo haga en ejercicio de su libertad.

La crítica al relativismo, por ello, no desemboca, sin más, en posiciones fundamentalistas. Como ha reconocido el profesor Del Noce, la verdad metafísica es una verdad universal, pero su reconocimiento implica un acto de libertad, en el que evidentemente el diálogo juega un papel fundamental. Pero esta tesis no es fundamentalista. Su calificación de tal es precisamente propia de una mentalidad totalitaria o fundamentalista. Los fundamentalistas dicen que la verdad no necesita del ejercicio de la libertad, mientras que el relativismo se apoya en que la libertad no tiene el deber de reconocer la verdad. A la verdad se llega desde una libertad abierta y solidaria.

 

Jaime Rodríguez-Arnana es Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de Santiago

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar