Efectos del calor

Estaba por pensar que muchos de los argumentos escuchados en estas jornadas son efecto de la ola de calor que nos asola. Es sabido que el sofoco influye tanto en el magín humano como en el discernimiento ante los problemas y asuntos cotidianos. Por eso conjeturaba que algunos de los titulares, y las ideas vertidas por cualificados individuos, debían de ser consecuencia de la canícula reinante y no del raciocinio.

Al escuchar a Teodoro García Egea, flamante secretario general del Partido Popular, decir que “el master de Casado es una cuestión menor y anecdótica”, después de que tres hipotéticas condiscípulas del líder, y el director del invento, hayan pasado a ser investigadas (imputadas) judicialmente y que una confesara haber obtenido su master sin asistir a clase, por la gracia divina de la amistad, lo de Teodoro semejaba un recalentamiento aceitunero de las neuronas. No es razonable tal desprecio al rigor de la educación universitaria en un ingeniero de telecomunicaciones.

Al tiempo, a Pablo Casado debió de sentarle mal el aire acondicionado socialista de La Moncloa, porque tras la reunión con Pedro Sánchez le escuché decir que “no estoy dispuesto a consentir más cesiones a los separatistas”. Alguien le sopló que el nuevo Gobierno ha cedido a las huestes de Puigdemont unas sillas, unos cafés, unas pastas y unos vasos de agua, para sentarse dialogar. ¡Vamos, que no aportaron los propios desde Cataluña! ¿O es que también les han pagado los viajes con cargo a los presupuestos del Estado centralista? ¡Terrible, Casado! ¡Terrible situación!

Tampoco me pareció de recibo la respuesta de Antonio Silván, alcalde de León, pillado pasándole información reservada a un empresario investigado en las operaciones Enredadera y Gürtel. “No he cometido ningún delito”, ha afirmado. Seguramente no esté tipificado en el Código Penal y, además, las palabras se las lleva el viento si no las graba la policía. Pero sí es un delito de responsabilidad política y de alta traición a la libre competencia. Yo lo justifiqué, claro está, por la influencia de la calina leonesa, capaz de diferenciar entre poner el cazo y favorecer al amigo.

Y sudé tinta al escuchar a Feijóo acusar al Gobierno Sánchez de “restar a Galicia 198 millones del IVA”. He pensado: ya estamos con la canción de cifras del verano. Luego he sabido que todas las comunidades, por obra y gracia de Montoro, recibirán sólo 11 en lugar de las 12 mensualidades correspondientes a ese impuesto y que, en el día de la aprobación, el presidente gallego no abrió la boca. Debía de ser invierno. ¿O es que quiere tapar la negativa a firmar el aumento de gasto autorizado por la UE? ¡No, hombre, no! Es el calor, me dije.

Y en estas estaba cuando mi amiga Analía Ivars me pasó una noticia de noviembre de 2016 en la que Esperanza Aguirre declaraba que “el PP es socialdemócrata y el mejor ejemplo son Cristóbal Montoro y Celia Villalobos”. ¡Dios, qué descubrimiento! Nada que ver con las calenturas estivales sobre las que me había propuesto justificar la retahíla de percepciones. Y me pregunté: si no es consecuencia del calor ¿por qué los despropósitos están que arden en el PP-Casado?

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