Las huelgas hacen su agosto

Más que como el clásico mes de vacaciones, a este paso agosto va a ser conocido como el mes de las huelgas; huelgas en el transporte y servicios de movilidad ciudadana, que son las que más daño hacen en este tiempo de desplazamientos numerosos.

A las reivindicaciones que afectan o afectarán a vuelos de la low cost irlandesa Ryanair, Iberia y otras compañías aéreas, hay que añadir las protestas de taxistas en Barcelona, además de los paros parciales en Renfe y Adif. Tripulantes de cabina, asistencias en tierra a aeronaves y pasajeros, que en un aeropuerto no son pocas y variadas, servicios ferroviarios… Las convocatorias se suceden. Casi hay que ir apuntándolas día a día para no perderse o encontrarse con sorpresas desagradables.

Muy seguramente si no fuera por los especiales quebrantos que en temporada alta causan y por la presión añadida que sobre las empresas de turno suponen, tales incidencias no serían planteadas precisamente en estas fechas. Ni en otras similares, como en Navidad y Semana Santa.

Pero habida cuenta de que los Gobiernos, como es nuestro caso, no actúan contra los piquetes violentos, ni han desarrollado como es preceptivo el derecho constitucional a la huelga, ni funcionan con la rapidez y eficacia debidas los mecanismos de mediación y arbitraje, ni en ocasiones se llegan a establecer servicios mínimos, ahí tenemos a huelguistas y sindicatos que apoyan campando por sus respetos, con su parte, sí, de razón, en unos conflictos que se eternizan y suceden.

No vale con predicar, como el ministro Ábalos, que tratándose de un servicio público el derecho de huelga ha de ejercitarse sin que perturbe la prestación. Algo habrá que hacer y no sólo en los despachos. Porque la violencia practicada por los piquetes de taxistas y los colapsos provocados en Barcelona, por ejemplo, bien se podrían haber evitado o al menos paliado. Avisados estaban y medios legales había y hay.

Las llamadas huelgas aéreas son otra cosa, aunque también gravosas para el usuario. No se trata, con todo, de un problema sólo nuestro. “Estamos viviendo en Europa el peor año para este tipo de paros”, señalaban hace unos días fuentes empresariales. Según sus datos, en los primeros seis meses de este 2018 hubo un total de veintinueve días de huelgas aéreas; es decir, casi un mes entero en un solo semestre. Y en la semana del 16 al 22 de julio pasado el 68 por ciento de las demoras en los vuelos fueron imputables a huelgas. Sobrecarga de trabajo para los empleados y precariedad de sus condiciones laborales son los principales argumentos.

De acuerdo con la consultora Price Waterhouse la factura para la economía europea por las protestas del sector suma ya desde 2010 unos 13.400 millones de euros, entre menor gasto turístico, descenso de ingresos para las compañías y pérdida de productividad. Al tiempo, de seguir al alza las ganas de viajar, la congestión en los aeropuertos no hará otra cosa que empeorar y las instalaciones que hayan alcanzado el máximo régimen operativo, como Londres Heathrow hoy día, pasarán en veinte años de los seis actuales a doce.

Y lo que es peor: 160 millones de pasajeros se tendrán que quedar en tierra por no poder volar. No habrá aviones ni pilotos para cubrir la creciente demanda.

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