Capas y capuchas

SI uno mira a las personas que caminan por cualquier calle, toman una bebida en cualquier café o conducen su coche por cualquier carretera, puede topar con amplias sonrisas, rostros preocupados, caras extrañadas o semblantes vacíos. La cara es (frase tópica) es el espejo del alma, así que en ese variado muestrario podemos vislumbrar toda la variedad de ánimos y emociones que encienden o apagan el alma humana.

Pero el humano es animal mentiroso. Detrás de las lágrimas puede haber tristezas sólo fingidas. Detrás de la sonrisas, tristeza disfrazada.

Me viene a la mente el caso del pequeño Gabriel. Y la imagen de la mujer que aparentaba desvelo, sacrificio y sufrimiento tras haberle dado una muerte vil. ¿Quién podría haber supuesto tal cosa? El mal que tales monstruos causan no se detiene en sus víctimas inmediatas. Es un mal que emponzoña nuestra alma, que nos invita a volvernos cínicos y desconfiados, a creer que tras los buenos gestos sólo se cobija el disimulo y la malicia.

Debemos huir de tales ideas. Esos sujetos son pocos, aunque sean capaces de hacer mucho mal. Su ejemplo no debe empujarnos a intuir su malevolencia en todos. Detrás de los gestos está, casi siempre, lo que éstos revelan y no otra cosa. Si dejamos que la sospecha nos guíe terminaremos como hipócritas, incapaces de confiar ni en nosotros mismos.

 

La sinceridad es (casi) siempre buena guía. Nos hace seres fiables. La hipocresía causa lo contrario. Y, además, por mucho que la practiquemos y por expertos que nos juzguemos en su ejercicio, termina siempre por salir a la luz. En la Divina Comedia, Dante situaba a los hipócritas en el octavo Infierno y portaban capas y capuchas doradas, que semejaban de oro, pero eran de plomo, simbolizando así el contraste entre la apariencia y la realidad.

No vistamos, pues, falsas capas ni capuchas. Portemos las nuestras. Pese a lo que pueda pensarse, son las que nos sientan mejor.

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