Democracia y valores

La democracia es un sistema político que parte de la centralidad del ser humano, de la primacía de las libertades y los derechos fundamentales, del equilibrio entre los poderes del Estado, que deben ser autónomos, y en la existencia de verdadera participación social. Pues bien, si echamos una ojeada a la realidad política del planeta, los peligros que acechan al sistema democrático no son pequeños: el clamor a favor de la autodeterminación ha resucitado conflictos étnicos de funestas consecuencias y, sobre todo, la enorme disparidad económica entre el Norte y Sur suscita inestabilidad y problemas en lo que se refiere a la explotación de los recursos naturales.

Además, los avances tecnológicos dan lugar a nuevos monopolios en relación con los datos personales. Ahora bien, los peligros y la autocrítica de la democracia sólo pueden combatirse eficazmente si los valores propios, genuinos del ideal democrático, son encarnados por todos los ciudadanos.

Fukuyama, en su célebre teoría del final de la historia, decía que tal vez somos testigos del punto final de la evolución ideológica del hombre y de la universalización de la democracia liberal del Occidente como la forma definitiva del gobierno humano. Personalmente deseo que la democracia, perfeccionada, sea el sistema definitivo de gobierno, pero dudo que la evolución ideológica del hombre haya llegado a un punto sin retorno.

Ken Jowitt autor, entre otras teorías, de la tesis de la “extinción leninista” señala que el vacío creado a raíz del derrumbamiento marxista puede ser colmado por nuevas ideologías, alguna de las cuales, en forma de populismo, gobierna en varias latitudes y en el viejo continente va ganando adeptos gracias a la incapacidad de los partidos clásicos por ofrecer soluciones concretas a los problemas reales de los ciudadanos y por la creciente corrupción que los está devorando.

Jean Daniel decía hace ya algún tiempo que “la democracia, un régimen que invita al vicio, está condenada a la virtud si no quiere desaparecer”. En otras palabras, precisamos, el mundo actual precisa de personas con cualidades democráticas; que aspiren vivir en clave de valores, de ciudadanos que estén en sintonía con la grandeza que encierra la dignidad humana y quieran defenderla con una vida íntegra, responsable y libre. La educación ciudadana, si promueve y defiende los valores democráticos sin ceder a la tentación del adoctrinamiento, puede ser desde luego un buen instrumento para fortalecer las virtudes cívicas. Falta nos hace.

 

Jaime Rodríguez Arana es Catedrático de Derecho Administrativo en la Universidad de Santiago

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