Primarias hasta el final

 

​A la vista del apretado resultado de la primera vuelta y del equilibrio de fuerzas en el discurrir de la campaña, parecía claro que tanto Sáenz de Santamaría como Casado iban a librar su último pulso en el mismo congreso con sus respectivos discursos ante los algo más de tres mil compromisarios presentes.

Se recordaba al respecto estos días el antecedente del Partido Socialista cuando en su congreso de julio del año 2000 un candidato que no contaba con el apoyo del felipismo oficial y sin posición orgánica más allá de la de diputado raso, Rodríguez Zapatero, se hizo con la secretaría general de la organización derrotando por pocos, pero decisivos votos al todopoderoso José Bono. Hubo entonces muchas explicaciones al vuelco producido sobre los pronósticos previos, pero entre ellas no faltó el efecto del discurso de presentación del que habría de resultar inesperado vencedor.

Un poco lo mismo cabe concluir de la elección de Pablo Casado al frente del Partido Popular. En su alocución entró de lleno en el debate de ideas que se demandaba, con un vibrante discurso, vitalista y sobre todo ilusionante para la alicaída militancia, sin papeles, ofreciendo principios, valores, renovación y orgullo partidario, frente al discurso más frío, gris y sin garra, deslavazado y hasta cursi con lo del abanico bicolor de la ex vicepresidenta, llamado, en efecto, a no mover ni conmover a los eventuales indecisos.

​Partió como el tercero en discordia, detrás de la propia Soraya y de la entonces secretaria general, María Dolores de Cospedal. Y sin el más mínimo apoyo de la cúspide del partido, que prefería un candidato único –mejor, ella- y por lo rápido. Pero él luchó hasta el final por el derecho de los compromisarios a votar en la segunda y decisiva segunda vuelta de ayer.

Su apelación a la libertad de éstos para decidir sin presiones superiores pudo resultar muy eficaz de cara, sobre todo, a ese contundente resultado final que le ha permitido dar la vuelta al marcador del primer tiempo. “Es vuestra decisión –reiteró- soberana, libre y democrática”. Y así lo hicieron los compromisarios, de los que no conviene olvidar que habían sido elegidos un par de semanas antes por los propios militantes.

Ya con rostro más serio, como plenamente consciente de la responsabilidad que le había venido encima, el nuevo presidente desgranó como cierre del congreso los diez principales puntos de su programa político. Mucha tarea le queda por delante. No sólo para reconstruir las costuras internas que puedan haber quedado tocadas en las primarias habidas, sino para recuperar Gobiernos de todo orden perdidos en estos años de atrás.

Un par de veces al menos se refirió Pablo Casado a la necesidad de volver a “liderar España”, de ganar las elecciones por venir y de hacerlo con esas “mayorías suficientes que nos hicieron grandes”. Complicada tarea –digo- porque bien se sabe que al PP en particular no le basta con la victoria en las urnas y que el tiempo de las mayorías absolutas se está terminando para todos. De ahí, la necesidad también de romper la soledad en que se encuentra. La desabrida primera reacción de algún futurible socio no ha sido precisamente esperanzadora.

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