¿Codicia o previsión?

No crean que este nuevo capítulo del lento final de la monarquía española, donde Corinna Saym-Wittgenstein le cuenta al comisario Villarejo y a Juan Villalonga, compañero de pupitre de Aznar, posibles ilegalidades fiscales cometidas por su amante el rey Juan Carlos I, va a suponer un gran tropiezo para el monarca emérito. La maquinaria de la simulación ya está en marcha y no ha tardado en pulsar el play de la confusión. Lo normal será que Corinna concluya por ser silenciada, Villarejo amordazado y el resto de la figuración comprada de un modo u otro.

La puesta en escena se parece a un hipotético vodevil de Alfonso Paso, donde una amante despechada confiesa sin sentido los defectos del galán a dos vecinos del barrio. Lo extraordinario es la connotación de trama de capa y espada donde el personaje regio, en lugar de salvador, es el villano y trastoca cualquier ejemplaridad moral de la monarquía, al uso en el escenario clásico.

Veremos cómo buscan a los culpables de la filtración, las razones de las confesiones y la ilegalización de las grabaciones. Elementos necesarios para anular cualquier investigación fiscal o proceso judicial contra Juan Carlos I. Es bien sabido que las gloriosas amantes de los reyes, Catalina Laínez, Germana de Foix, Madame Pompadour, Carmen Ruiz, Carmen Moragas, Lola Montez, Katharina Schratt… manejaron grandes poderes y fortunas influyendo en sus queridos reales, pero finalmente sus vidas no concluyeron bien. Quizás Corinna esté a un traspié de engrosar la lista de las malditas de la historia.

Por el lado del erotismo, por tanto, no hay sorpresa. Juan Carlos ha seguido la tradición, de compartir lechos y placeres de la carne, de los monarcas de cualquier parte del mundo. Era sabido. E, incluso, esas prácticas de reyes infieles en España han sido siempre muy aplaudidas por el pueblo, promovidas por la nobleza y consentidas por la Iglesia.

La novedad hay que situarla en la posible falta de honradez económica del monarca, malversando, defraudando y blanqueando capitales. Los negocios reales habitualmente han circulado por los cauces de los secretos oficiales. La opinión pública históricamente no ha opinado de ellos y la ciudadanía, aun sospechándolos, los ha considerado un mal menor. Sin embargo, en estos tiempos de la corrupción transparente, el canto de la amante suena distinto.

La escena del vodevil transmite una imagen de galán codicioso, un yonqui más del dinero. La degradación total del personaje histórico. ¿Es posible que sea así? Yo tengo la impresión de que Juan Carlos I ha vivido en un permanente sentido de provisionalidad de su reinado. Venía de una restauración franquista, del exilio de su padre y abuelo, de una larga historia de caídas y muertes de reyes españoles en el extranjero -Carlos IV, Isabel II, Amadeo I, Isabel II, Alfonso XIII-, respaldados por una economía familiar muy dividida e incierta.

Por ello me pregunto si el monarca, siempre envuelto en negocios sospechosos, se ha pasado el reinado forjándose un plan de pensiones para el exilio con su familia. Entra dentro de lo humanamente comprensible, aunque eso no lo libra ni de lo inmoral ni de lo delictivo.

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