Detrás de Trump

Acabo de escuchar a Margarita Robles, ministra da Defensa, justificando la millonaria inversión de su ministerio para renovar el armamento de nuestro ejército. Entre las urgencias leo la necesidad de “aumentar el techo de gasto del submarino S-80” y otras partidas cuyas explicaciones pertenecen a la madeja de los arcanos indescifrables. Cinco mil millones saldrán de las arcas del Estado antes de final de año para cumplir designios marcados y comprometidos por los criterios conservadores de Morenés y Cospedal.

Seguramente Robles no tenga capacidad de maniobra y se esté viendo obligada a plegarse a los presupuestos y líneas de gestión heredadas. Debiera ponerlo sobre el tapete en lugar de marcar el paso siguiendo la marcha sin más. Y mucho menos esgrimir, como positivo de semejante despilfarro, que ese gasto o inversión –califíquenlo como gusten- servirá para “dar oxígeno” a comarcas golpeadas por la crisis y “generar puestos de trabajo”. Suena a viejo legado atado y bien atado.

La ministra, que probablemente no haya tenido tiempo de hacerse una idea completa de la casa que ahora debe administrar políticamente, deberá decirnos dónde y cuándo se van a generar esos beneficios porque la mayoría tenemos la sospecha de que para el señor Morenés, buen conocedor del mercado armamentístico internacional, no eran esos los objetivos primordiales que llevaba en el maletín de sus proyectos.
Proteger a los fabricantes de armas españoles entra dentro de los habituales criterios de un Estado capitalista, como hace con la empresa automovilística, las energéticas, las autopistas deficitarias, la sanidad o la educación privadas… lo contrario de cuanto emplea con la industria cultural o las pyme, las cuales durante los últimos seis años han sido obligadas a navegar entre la propaganda triunfalista y la legislación opresora.

La ministra Margarita Robles tiene la obligación de levantar la alfombra, si la hay, y dar cuenta de las necesidades, revisar los compromisos, ajustar los objetivos a la realidad económica del país y realizar una gestión progresista, aunque las presiones internas y externas estén ancladas en oscuros intereses del pasado.

Escuchándola a ella y al secretario de Estado de Defensa, Ángel Olivares, he sentido una gran inquietud por el tono continuista empleado. No me ha valido que Robles use su energía para decirle a Trump que España no puede invertir en el ejército más del 2% del PIB. Buscar un enemigo externo para parapetar los actos internos también huele a rancio. Y fíjense, qué oportunidad la de esa cumbre de la OTAN, en la que el presidente Sánchez ha hablado de compromisos exteriores, para de vuelta a casa ofrecer a la opinión pública española un retrato no movido de las obligaciones, deudas, debilidades y fortalezas de nuestro ejército profesional. Y, naturalmente, poner sobre el tapete el proyecto militar que el PSOE quiere implantar si consigue gobernar más allá de la provisionalidad de la presente legislatura.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar