El sabor de las primarias

LA democracia interna de los partidos políticos es la más manipulable de todas las democracias. En España y en el mundo entero. El sistema, como humano, es imperfecto. Y por tanto, injusto aunque nos conformemos considerándolo el menos malo. Hay territorios, como Inglaterra, EE.UU. o Francia donde, por la larga tradición de su uso, las aristas están más limadas, las mecánicas mejor engrasadas y los grados de manipulación parecen -solo parecen- más livianos.

La democracia española, aunque ya sea cuarentona, feminista, descentralizada, plurinacional, multicultural… lleva cuatro décadas tropezando con los trampantojos de las democracias internas de todos los partidos: los clásicos, los efímeros y los recién emergidos. Dentro de las organizaciones se propagan antes los vicios que las virtudes, porque en este país de la tradición, “o todos moros o todos cristianos”, el pecado es la principal moneda nacional.

Desde el final del felipismo en la izquierda y el aznarismo en la derecha (sin que sean equiparables), se ha avanzado algo. Los socialistas fueron los primeros en lanzar el reclamo de las elecciones primarias que, hasta el triunfo de Pedro Sánchez, hicieron agua. Los de Podemos mienten en cada ocasión con la pantomima de los “inscritos” y la moderna modalidad del voto por internet. IU ignora el concepto. Los nacionalistas resbalan en el asamblearismo o permanecen en el monolitismo decimonónico. La nueva derecha, Ciudadanos, las considera un riesgo inaceptable. Y el PP post-Rajoy, para salir del noqueo de la pérdida del Gobierno y la deserción del líder, decidió probar suerte inventando un nuevo mecanismo de la confusión democrática. Pero al fin, el espíritu de las primarias planea sobre todas las organizaciones.

Estas inaugurales del PP han emergido desde el vicio “del ordeno y mando” envueltas en “el debo pero no quiero”. Esto es, hagamos primarias pero intentemos controlar los caminos y el resultado con dos imperfectas vueltas de manivela. Y se han cruzado, naturalmente, con los personalismos e intereses de las distintas candidaturas poniendo en evidencia una serie cuestiones que deberán llevar al diván de los politólogos.

En primer lugar, han subido el telón y mostrado en escena el entramado de la falsa militancia. Los 869.000 hijos de la fortuna se quedaron en 66.384 inscritos para votar, de los cuales ni el 80% se acercó a las urnas y de ellos más de un tercio llevaba en el bolsillo algún cargo público u orgánico.

En segundo lugar, ha habido milagro a las once. Pablo Casado, considerado en primera instancia el tercero de arrastre en liza, ha estado a un quiebro de ganar y se ha revelado como verdadera estrella de futuro dentro del PP. Y además, considerando que la primera líder ganadora solo ha alcanzado un 36,9 % de los votos, la suma de sus opositores la barre de un plumazo. ¿No se parece esta situación al Parlamento de la moción de censura?

Sí, pero no hay que sufrir. Porque, como para la segunda vuelta estaban previstos los garbanzos, por si apetecía comer puchero, las idas y venidas de los cocineros compromisarios pueden decidir que a Rajoy le suceda el segundo, la primera o la tercera. No han salido del nudo del drama pero ya saben a qué saben las primarias. Es un avance.

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