Franquismo sociológico

Disimulen que vuelva sobre el tema. No tengo por costumbre enredarme en discusiones y polémicas. Respeto todas las opiniones y trato de comprender a quienes difieren y hasta combaten mis opiniones, porque nunca me considero en posesión de la verdad, ni creo estar siempre acertado. El pasado domingo mi artículo de esta misma columna, Goteras en Cuelgamuros, propició un sinnúmero de comentarios de todo tipo hasta colapsarme los correos personales.

La afirmación de que “sacudirnos el franquismo sociológico nos está costando un potosí”, además de pedir que el Valle de los Caídos se abandone para que la Naturaleza lo devore, generó todo tipo de comentarios, de todos los colores y signos. Me afirmo en lo escrito pero me gustará subrayar que el peso del franquismo lo llevamos inevitablemente a nuestras espaldas las generaciones que lo sufrimos o que lo disfrutamos o que lo vivimos con indolencia. Lo lamentable está siendo la forma en que se sigue transmitiendo a las generaciones posteriores, a esas para las que, incluso, la dictadura pertenece a la prehistoria del abuelo y ni siquiera la estudian en los libros de texto.

Una guerra fratricida de tres años y cuatro décadas de dictadura, en las que se realizó un verdadero genocidio vital e ideológico, han marcado profundamente a este país -tan aficionado a las guerras tribales- y cuatro décadas después aún tenemos agarrado a la piel esa garrapata del odio y la división por razones de religión, ideológicas, de territorios y pasionales, hasta el extremo de que el franquismo sociológico no solo es una cuestión de derechas y de franquistas nostálgicos, hijos del régimen del 18 de julio de 1936. También el centro y la izquierda lo llevan impreso, indeleble, en lo más profundo e inadvertido de su ser.

Y no toda la derecha es heredera y defensora de esa sociología de la dictadura, aunque personajes como el exministro Wert hayan pretendido retrotraer la educación a la Formación del Espíritu Nacional, o portavoces jóvenes como Rafael Hernando vivan en permanente estado de guerra, o líderes como Albert Rivera sigan pregonando que España es “una, grande y libre”… Ellos son las imágenes del cartel, la cara de una sociedad económica que ni ha abandonado, ni quiere hacerlo, los vicios de la autarquía que tantos beneficios le produjo. Son la cara de un poder religioso que sacó bajo palio al dictador y pretende seguir controlando la educación como hizo durante siglos. Son la cara de un sistema donde la propagación de los valores sociales se confunde con el adoctrinamiento.

Mientras no consigamos un pacto educativo libre de servidumbres del pasado, ajeno a los intereses partidistas, verdaderamente democrático, seguiremos siendo transmisores a las generaciones futuras del franquismo sociológico del que venimos, que a su vez fue producto de la teocracia medieval, del antiguo régimen de las monarquías absolutas, de isabelinos contra carlistas, de partidarios del archiduque Carlos contra el borbón Felipe V, de los banqueros contra el pueblo… ese es el franquismo sociológico real que ha costado vidas y haciendas. Que nos supone un potosí y seguimos transmitiendo al futuro, con los mismos mecanismos enfrentados, tanto desde la derecha como desde la izquierda.

 

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