Títulos y medallas

Las medallas del bisabuelo Manuel anduvieron rondando por diversas casas de la familia. Nunca supimos si eran de valor o de simple latón, sin embargo la leyenda les daba una categoría extraordinaria e, incluso, aseguraba que nuestro antepasado había vivido muy bien gracias a ellas.

Un día desaparecieron y nadie las echó en falta hasta que yo las reclamé por pura curiosidad. Se las llevó el silencio. No así el gran retrato del bisa, cuya mirada permanece en una pared de mi casa, uniformado y con todas las medallas en la pechera.

Gracias a esa historia del abuelo de mi madre descubrí que las condecoraciones, además de representar el orgullo de haber alcanzado un mérito, también pueden aportar interesantes beneficios económicos.

Desde entonces, cada vez que alguien muestra una condecoración, o veo como se afana por conseguir esta o aquella, me pregunto cómo influirá en su nómina o en su pensión. Y me cuestiono si la satisfacción es por lo que enaltece o por lo que aporta.

Al mundo de las medallas familiares no tardó en sumarse el entramado de la titulitis. Lucir diplomas en los despachos parecía una competición, sin fecha para llegar a la meta. Y para mí fue un pariente quien inauguró la vacuidad de los títulos, ya fueran universitarios o de mérito. El mozo había emigrado a la capital por razones de mala situación económica.

Cuando regresó al pueblo lo hizo dando muestras de recuperación en su tesorería. Preguntado por su posición laboral dijo ser “perito en conducción de aguas domésticas”. Por entonces los peritos estaban muy de moda y cosechaban prestigio social. Mi pariente se ganaba la vida, decentemente, de empleado en una fontanería, pero le parecía de poco valer no contar con un título y no dudó en creárselo a la medida.

Capítulos como estos acabaron por formar en mí un asentado escepticismo frente a quienes solo son cuanto los títulos y medallas representan. Por eso el lamentable afán de algunos políticos por lucir en su currículo un máster o una carrera no cursados, además de risa me produce pena.

Los casos de Cristina Cifuentes o de Pablo Casado son únicamente la punta de la lanza de un simple negocio de compra-venta, que en este país lo tenemos asumido como en su día aceptamos el comercio de las bulas para librarnos del infierno, o el de las reliquias falsas para engrandecer nuestra parroquia.

Quizás por ello no dudamos en entregar varas de mando a los santos y colocar medallas del mérito policial a las vírgenes. Y yo me pregunto qué sentirá la virgen María Santísima del Amor -condecorada por Fernández Díaz- al compartir méritos y medalla con el torturador Billy el Niño, quien gracias a sus cuatro condecoraciones tiene incrementada la pensión en un 50%. Compadezco a la virgen y a sus feligreses.

Y me gustaría saber cómo puede resarcirse a quienes han conseguido sus títulos en la Universidad Rey Juan Carlos a base de esfuerzos y estudios mientras otros los compraban en el mercado negro de la institución. Retirarle las medallas a Billy el Niño es fácil, justo y necesario. Dignificar los títulos va a ser más complicado, ni aun clausurando la URJC. Así las cosas, pronto será un orgullo no tener ni títulos ni medallas.

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