Sobre el relativismo

Hoy vivimos en un contexto en el que domina un relativismo frágil que rezuma alergia a hablar de verdad y que descalifica y desprecia de inmediato al que se atreva a decir algo en relación a la verdad. En este marco, el famoso sociólogo francés  Touraine escribe “Crítica de la Modernidad”, libro en el que, entre otras cosas admite que la revolución de los sesenta fracasó porque, ¿ cómo es posible decir que todo vale, que prohibido prohibir, o que hago con mi cuerpo lo que quiero, si vivimos en un mundo en el que hay prohibiciones efectivas?

Es el fracaso de la “Modernidad” de la que también ha escrito Sebreli en “El asedio a la modernidad”. Para Sebreli, si vale todo, vale la razón del tirano, la del torturador, o la del extorsionador o la del corrupto. Como, obviamente, no es posible, resulta que la ilustración racionalista ha fallado y que ese relativismo cultural que nos invade es uno de los grandes sofismas que se descubre en las discusiones de hoy: “pues para mi el aborto es un derecho  humano”, “pues para mi la droga aumenta la productividad”, o “pues para mi la pornografía es un signo de madurez”.

Incluso los llamados supervivientes del colapso marxista (Habermas o Sabreli, por ejemplo) no cejan de criticar ese relativismo ambiental sin darse cuenta que el relativismo tan condenado por estos pensadores procede del racionalismo, viene de la mano del fracaso de la modernidad racionalista en su mismo horizonte de materialismo. Es la consecuencia de abandonar al hombre únicamente a la razón, cortando cualquier relación con la trascendencia. Al final, la profecía del bueno de Dostoievski se ha hecho realidad, como no podía ser menos, “si Dios no existe, todo está permitido”.

 

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo en la Universidad de Santiago de Compostela

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