¡Socorro!

En el trasiego de los días previos al Mundial de Fútbol he visto a vecinos cambiando su televisor normal por el más grande jamás soñado y he tratado de imaginar, sin conseguirlo, cómo lo ajustarían en sus salones de veinte metros cuadrados para obtener una correcta y sana visión. He conocido a gente endeudada con las agencias de viajes para ir a Rusia. Un bar restaurante, que frecuento, se ha convertido en gradas de un improvisado estadio.

La publicidad televisiva me bombardea para que apueste antes, durante y después, de los partidos. Incluso ofrecen un puñado de euros gratis como gancho para fomentar la ludopatía deportiva. Por tratarse del fútbol, legal y aplaudida. He contemplado miles de balcones con banderas españolas, apoyando a la selección nacional, en un arranque patriotero supremo. No me ha extrañado ver a Piqué, tan catalán e independen- tista él, una vez más dispuesto a defender los colores de la denostada España…

El escándalo de Julen Lopetegui, desleal con la selección, ha superado el interés popular por el cambio de Gobierno o la dimisión del ministro de Cultura y Deportes. Estos días, usar cualquier transporte público es darse un baño de euforia o de controversias futboleras. Las programaciones culturales, sociales, de ocio, dependen de los horarios del fútbol. En los informativos la noticia de apertura la protagoniza cualquier nimiedad sobre el mundial de Rusia, el resto de la vida es de interés secundario.

Nada nuevo en un mundo donde los negocios y perversiones del fútbol tienen más poder que cualquiera de los otros tres establecidos en la Constitución. Un entramado que nos cuesta miles de millones, sin que nadie se pregunte -por ejemplo- cuánto invierten los ayuntamientos y las fuerzas de seguridad para proteger un encuentro de máxima rivalidad. Sin que la corrupción en la compra-venta de jugadores/mercenarios llegue a ser realmente castigada, más allá de una persecución simbólica.

Se ha preguntado usted qué razón hay para castigar al privilegiado Urdangarin con casi seis años de cárcel, por defraudar un par de millones de euros, mientras a Ronaldo, también privilegiado, sólo a dos años de prisión -que no cumplirá- por un fraude de casi quince millones. O a Messi, a quien solo le cayeron veintiún meses de privación de libertad -también incumplidos- por defraudar más de cuatro millones. Naturalmente, comparar a estos tres personajes con las condenas dictadas contra cualquier pequeño empresario, arruinado y con deudas de unos miles de euros con Hacienda, sería un insulto desproporcionado.

¿Es de recibo que Julen Lopetegui pueda recibir alrededor de cinco millones de indemnización por su cese? En puridad ha traicionado a la Federación. Si fuera obrero de un supermercado el despido se consideraría procedente e, incluso, punible su proceder laboral. La jugada, con lágrimas incluidas, entra dentro de la normalidad de un mundo corrupto, considerado deportivo, cuando realmente no es otra cosa que circo y consumo organizado. Por todo ello, si me escuchan pedir socorro es porque he encendido velas pidiendo que el Mundial 2018 fracase y la afición ha decidido lincharme.

 

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