Corrupción, PIB y sobreregulación

La figura de la Hydra de Lerna es un buen símbolo de la potencia e intensidad de la corrupción. Como sabemos por la mitología griega, Hércules, encargado de terminar con el terrible animal, tuvo muchas dificultades a causa de sus múltiples cabezas y del veneno que supuraba cada vez que se aniquilaba una de ellas. Cada vez que Hércules cortaba una de dichas cabezas, surgían dos nuevas por lo que tuvo que pensar en algún sistema diferente a los empleados hasta el momento. Así, con el concurso de su sobrino, cada vez que cortaba una de las cabezas de la Hydra utilizaba trapos ardientes para quemar los cuellos decapitados. Hércules, como cuenta Apodoloro, cortaba las cabezas y su sobrino quemaba los cuellos degollados y sangrantes. Finalmente, Hércules acabó con la última cabeza del animal aplastándola debajo de una gran roca. Acto seguido, Hércules bañó su espada en la sangre derramada y después quemó las cabezas cortadas para que jamás volvieran a crecer. En fin, un método nada convencional pero efectivo que conjugó la potencia de Hércules con la inteligencia de su sobrino. Probablemente, la combinación de armas que se precisan para acabar con esta terrible lacra social: contundencia e inteligencia.

La corrupción, según el G-20, consume nada menos que el 5% del PIB mundial. Es decir, es la tercera “industria” más lucrativa de todas cuantas existen en este mundo. Es una lacra, señala el informe del G-20, que se ceba con las economías desarrolladas y con las subdesarrolladas. En España, la corrupción resta cada año el 0.5 % del PIB. Corrupción y  deterioro institucional son nuestros dos principales problemas pues si suben los impuestos pero los ciudadanos no perciben que el Estado gasta mejor su dinero, aumentará el fraude.

En estos momentos, la corrupción es el enemigo número 1 del comercio exterior. Por sorprendente que parezca, el G-20 alerta acerca del número de normas que regulan los mercados. Tal profusión de normas  en buena medida constituye el caldo de cultivo en el que nace y se desarrolla esta terrible enfermedad que aqueja a todas las economías del mundo sin excepción. La sobrerregulación o la re-regulación son, efecto, aliadas de la corrupción, así como el excesivo número de normas diseñadas para establecer el régimen del comercio interior y exterior. Se trata, pues, de elaborar las normas que sean necesarias, ni más ni menos, normas claras, previsibles y ciertas. No regulaciones confusas, continuas  y que tantas veces atentan contra la misma seguridad jurídica al variar unilateralmente las reglas en función del capricho de quien gobierne en cada momento.

El informe del G-20  advierte sobre la necesidad de que las empresas se preocupen efectivamente del entrenamiento ético de sus empleados. Es decir, deben poner en marcha planes y programas exigentes de ética que vayan más allá de un simple barniz o de un uso políticamente correcto de la responsabilidad social corporativa. En efecto, no pocas veces, la RSC no es más que una forma de edulcorar  la conciencia de ciertos dirigentes que pretenden, con algunas donaciones a determinadas ONGs, lavar algunas  prácticas contrarias a los más elementales postulados de la ética y la moral.

En el campo de la empresa el gran desafío es sustituir el dogma de maximizar el beneficio en el más breve plazo de tiempo posible por consideraciones más abiertas como puede ser  la compatibilidad entre la obtención de razonables beneficios  y una  creciente humanización de la empresa y de las condiciones laborales de los empleados.

El G-20 recomienda en su informe  armonizar las regulaciones. Es decir, que el paisaje normativo sea compatible entre sí. También se anima a incentivar los negocios responsables, aquellos en los que se contribuya a mejorar la solidaridad social, una realidad que no debe ser opuesta a la obtención de beneficios sino complementaria. También se aboga por no sobrecargar de normas el sistema para evitar la inseguridad jurídica.

Finalmente, el G-20 solicita la creación y fortalecimiento de un sólido tejido ético desde el que se promueva una tolerancia cero con las prácticas corruptas, sean de poca o mucha intensidad. Cuándo se desprecian las pequeñas corruptelas es muy fácil, ahí está la realidad para comprobarla, iniciar el camino hacia la corrupción con mayúsculas.

La lucha contra la corrupción no es sólo cuestión de elaborar y aprobar normas y más normas. En muchas ocasiones incluso la proliferación de leyes y reglamentos lo que hace es facilitar la corrupción. La clave está en disponer de las normas que sean necesarias, claras y concretas y, sobre todo, de un compromiso ético real, constante y creciente. Casi nada: contundencia e inteligencia.

 

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de Santiago de Compostela

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