Guiños

Es la palabra de moda: guiño. Término que según el Diccionario de la RAE significa “señal o mensaje implícito” y que en el discurso político de estos días viene a definir las maniobras que Pedro Sánchez se ve obligado a hacer –y más que vendrán- para repartir y equilibrar poderes entre su equipo de confianza, el partido y los barones territoriales socialistas; para dar una de cal y otra de arena ante la opinión pública, y para enviar los correspondientes recados -otra expresión de moda- a quienes interesa que, para bien o para mal, se vayan enterando.
El guiño por antonomasia ha sido el de Josep Borrell como titular de Exteriores. Hombre curtido tanto dentro de su partido como en la escena internacional, se distinguió muy especialmente durante la campaña de las últimas generales y autonómicas catalanas por desenmascarar los tópicos del nacionalismo e independentismo, como el célebre “España nos roba”. De ahí el enojo con que el nombramiento ha sido recibido por éstos. Dicen que ello no ayudará a la “desescalada” -otra palabreja, no registrada en el Diccionario, pero que terminará imponiéndose- de la tensión.

Desde no pocas tribunas mediáticas esta su vuelta a la primera fila política ha sido considerada como “un guiño de firmeza” frente al soberanismo. Otras me dan la impresión que afinan más y ven en Borrell la engañosa pantalla o mascarilla para difuminar los más que guiños de Sánchez va a hacer para con Cataluña.

Porque haberlos, los habrá. Muy probablemente se querrá volver como mínimo al Estatuto de 2006 que el Constitucional vació cuatro años más tarde. Y por mucho que en mítines y discursos electorales haya aparecido como el debelador de nacionalistas e independentistas, lo cierto es que el ex ministro y ex presidente del Parlamento europeo es un decidido partidario de la negociación, en línea con su principal jefe de filas que es el primer secretario del PSC, Miquel Iceta, que hasta llegó a proponer, como se recordará, un indulto para los rebeldes. ¿Negociar con ellos? Hasta ahora en el ancho mundo democrático no lo ha hecho nadie.

A estas alturas de la película el Rodríguez Zapatero de 2004 ya había cumplido más de la mitad de su programa electoral, empezando con la fulminante salida de las tropas españolas de Irak y la paralización de la ley de Educación. Pero la ausencia de programa alguno en la no menos súbita moción de censura de Sánchez está sembrando el debate político de confusión, mensajes contradictorios y lenguajes vagos.
Porque ¿qué se puede entender por “recuperar la estabilidad y la normalidad? ¿Qué puede significar que el eventual control de las cuentas públicas catalanas “se irá acompasando a la normalidad”? ¿Qué sugiere la pretensión de “introducir consideraciones humanitarias” hacia los políticos catalanes presos? El PSOE ha sido siempre un maestro en esto de oscurecer y retorcer el discurso. Cuando le interesa para no contar la verdad, claro.

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