Oración al Cristo de la vid

 

Hace un tiempo he escrito:

Un lápiz, una hoja en blanco, la concepción de un espacio, una mano, una ejecución minuciosa de un trazo seguro, y el arte que surge en forma de dibujo prodigioso. En principio todo parece sencillo, pero el análisis detallado nos lleva a concluir que un modelo -persona, paisaje, etc.- se ha visto trastocado en belleza sutil, elevado a una categoría distinta, trastocado por la magia de un jardinero de la vida experto en mucho más que bosquejos. Cándido Pazos, en toda la amplitud de la palabra, es un señor, incluso me atrevería a decir que es un dandy de noble perfil, con pañuelo de seda y bastón empuñado en plata; un señor que hace mucho ya que nos ha sorprendido con su transformación de diseñador de exteriores en dibujante, escultor y editor. El resultado de sus obras es siempre espléndido, exquisito.

Escribo sobre un artista que goza del privilegio estético, capaz de cautivarnos con una reinterpretación siempre delicada de cada realidad, quien de plasmarla en sus dibujos o esculturas como lo hace con los parterres y, muy especialmente, con sus bonsais.

Estoy seguro que ha leído el delicioso Manual de Estética Taoísta de Luis Racionero, o el exquisito Elogio de la Sombra de Tanizaki, lo cierto es que en él se aúnan persona y personaje. Cándido es su propio protagonista.

He discutido mucho con mis amigos del mundo del arte -pintores, escultores, comisarios, críticos, galeristas, coleccionistas- acerca de la importancia curricular de los artistas, del intrusismo, de la espontaneidad, del oficio. Y siempre concluyo que el arte goza de elevadas exigencias para los que saben mucho del mismo, y que los demás acostumbramos a ser más flexibles, espontáneos y disfrutadores en la aceptación de las obras y de sus autores. Podría citar a magníficos aficionados y a pésimos profesionales. Pocos mundos son tan excluyentes y menos generosos con la competencia, si es que se puede hablar en estos términos, que el de la cultura, quizás esto se deba a la propia genialidad, temperamento, actitud vital o exigencia que rodea a los creadores. El propio talento debería ayudarles a ser más tolerantes y abiertos. Naturalmente hay excepciones.

Conozco medianamente bien la trayectoria de Cándido Pazos como jardinero, galerista, dibujante, escultor, editor, y he inferido que, con sus veleidades -quién no las ha tenido-, ha conseguido alcanzar un estilo de ser y actuar que ha evolucionado para bien, que ha alcanzado una notoriedad cierta, y que, más allá del mero negocio, de la resolución del sustento, ha sabido encontrar su camino y compartirlo con sus múltiples amigos y admiradores.

A los profesionales del arte les deleita hablar de rupturas, etapas, cambios. Cándido Pazos es un experimentador insaciable con el que no han podido ni la enfermedad ni otros avatares más o menos desdichados. Resultan asombrosas su capacidad de reinventarse, su tenacidad y dedicación. A todo ello une la innata competencia de hacer creíble lo que parece imposible y la necesidad de no negar sus trampantojos vitales.

Me imagino a Cándido Pazos, sonriente, sentado bajo una carballeira al pie del Camino de Santiago, bebiendo un buen vino de Rioja de los Vivanco, mientas dibuja bonsais cuyas sombras alcanzan para tapar animosidades. El Señor de los Bonsais disfruta con su obra. El arte de saber vivir es una costumbre insuperable y él la domina con humano humor.

Ahora digo:

Cándido Pazos trabaja en un Cristo muy especial, unido a la vid y, por ella, a la misma vida. Me ha pedido una oración, pues conoce mis Credos. Con humildad manifiesto que su propuesta ha resultado inspiración del cielo, y un trabajo con palabras que sé que tendrá su plasmación escultórica. He escrito tres versiones, esta es la más amplia:

 

ORACIÓN AL CRISTO DE LA VID

 

Oh Jesús, tu eres la vid

y nosotros los sarmientos.

Haznos dignos de tu bondad infinita,

capaces de entender tu sacrificio,

de ser dignos de tu generosa bendición,

de compartir tu ejemplo,

tu fruto de pan y vino.

Señor, permítenos permanecer en ti,

florecer en ti, fructificar en ti,

amar en ti, resucitar en ti.

Tu eres la vid verdadera.

En ella se renuevan como hojas de parra

la bendición de tu ejemplo

y la bondad del Espíritu.

Haznos, oh Cristo de la Vid,

dignos de cada día,

y otórganos salud para cultivar la Fe.

Concédenos Señor Jesús alimento de esperanza,

para cosechar la tierra y merecer el cielo,

tras caminar como peregrinos

junto a nuestros hermanos

hacia la plenitud de la luz del Padre.

Amén

 

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