Falta determinación política

Siendo un problema, a día de hoy Quim Torra –un nacionalista derechista, a veces practicante de una dialéctica agresiva, que evoca la España de los años 30 del siglo XX– no es el gran problema de Cataluña. Pero, sabedor de que una parte de su población quiere separarse del resto de España, podría serlo. Quim Torra se convertirá en un gran problema si es capaz de ser el referente de toda esa gente y si la deriva del nacionalismo democrático da lugar a un nuevo populismo no solo con líder, sino también con base social. Por eso mismo, ojalá siga siendo cierto lo que dice Xavier Domènech: “Torra es lo opuesto a lo que es Cataluña”.

El problema exige, pues, estrategias políticas -no solo judiciales- de medio y largo plazo, capaces de neutralizar con la fuerza de la razón los progresos del populismo, esta vez en Cataluña. Lo expresa bien el ex secretario de Estado José Luis Méndez Romeu cuando constata en Mundiario que las ideologías tradicionales, basadas en propuestas racionales y laicas, están cediendo terreno ante ideologías emocionales, sustitutivas de las religiones, aunque operan en el mismo registro. El problema va mucho más allá de las tuiterías de Quim Torra.

Si España es una democracia fuerte tiene que ser capaz de resolver esta situación, compleja pero tampoco irresoluble. Un país que fue capaz de desmontar una dictadura y establecer una democracia no debería detenerse ante el desafío secesionista, y menos aún si es de corte populista. No parece que lo segundo sea más difícil que lo primero; otra cosa es que el artífice de poner fin al franquismo -Adolfo Suárez- fuese más audaz que el encargado de afrontar la actual tensión política, léase Mariano Rajoy.

España también tiene otro tipo de referentes en Europa para saber moverse en términos democráticos. El Reino Unido, una democracia sin interrupción desde su creación, fue capaz de encauzar situaciones de máxima tensión territorial con distintas recetas. Hasta en cuatro ocasiones suspendió una autonomía política -Irlanda del Norte-, y en otra le dio voz a los escoceses para votar su independencia, que no aprobaron, por cierto. ¿Resultado? El Reino Unido sigue en pie. Quiere eso decir que cuando una democracia es fuerte no debe temblarle el pulso ni para actuar con contundencia ni para ser generosa; entre otras cosas porque solo los poderosos pueden ser generosos. Es verdad que el Reino Unido no tiene las cortapisas constitucionales de España, pero no lo es menos que en ningún sitio está escrito que la Constitución no se pueda cambiar. Lo que hace falta en España es determinación política.

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