El berrinche de Rivera

Una cierta desilusión recorrió las filas de Albert Rivera y sus gentes cuando a media mañana del martes pasado el CIS hizo público el barómetro de opinión de primaveras: en contra de lo esperado y después de haberse dejado acariciar por esa legión de encuestas que de un tiempo a esta parte proliferan como setas, en esta del Centro de Investigaciones Sociológicas Ciudadanos no subía a lo más alto del podio. Debía, pues, conformarse con el segundo cajón, por debajo del Partido Popular ganador.

Tiempo le faltó a la formación naranja para restar importancia al sondeo y referirse despectivamente a “la cocina de la encuesta del Gobierno” para así desacreditarlo. Normal. Lo suelen hacer todos los partidos cuando los resultados no responden a las expectativas creadas.

Después, pasado el primer sofocón, Rivera y su adusta guardia pretoriana pusieron pies en tierra y centraron el foco en la tendencia al alza, que también reflejan otros estudios, y en el hecho de figurar como primer partido en la hoy por hoy todavía prematura intención directa de voto.

Cuestión aparte es que los datos de estimación de voto, donde mandó el PP, vengan luego a ser los que más se aproximen a la realidad de las urnas, sean considerados como más relevantes y los que, en definitiva, acaparen las portadas mediáticas.

De todas formas, ha sido un barómetro que dejó a todos aliviados: al PP, porque se lo esperaba peor; al PSOE, porque mantiene la diferencia con Podemos, y a éste, porque mantiene su cota de presencia electoral, aunque, eso sí, ello no le llega a su obsesión por superar a los socialistas. La única sensación agridulce fue, como digo, la de Ciudadanos.

Y no sé si por ello sería, pero lo cierto es que a la mañana siguiente Rivera llegó desbocado a la sesión de control al Gobierno en el Congreso. De poco le valió que Rajoy le explicara que no había recurrido ante el Constitucional el voto delegado de Puigdemont y otro fugado por falta de legitimación activa para hacerlo y porque precedentes hay en el TC que así lo desaconsejaban.

Tan descompuesto estaba el presidente de Ciudadanos que en la réplica correspondiente llegó a decir que Rajoy no había hecho nada, cuando de todos es conocido que el Gobierno ha recurrido –y con éxito- todo lo recurrible, que no ha sido poco. Y tiempo le faltó a Rivera para ya en los pasillos anunciar que rompía el consenso sobre el 155 porque “no se aplica como a nosotros nos gustaría”.

¿Por qué así? ¿Quiere precipitar las elecciones, aunque ahora no le convenga? ¿Va preparando la ruptura total antes de la votación de los Presupuestos? ¿Pretende purificarse de su complicidad con el continuismo en la Comunidad de Madrid? ¿O se trata de una desafortunada pataleta?

Sea como fuere, van siendo muchos los que ven en Rivera tics de niño consentido y un discurso cada día más autoritario: o lo que él dice, o nada. No le arriendo la ganancia a quien como bisagra o como gobernante tenga que aguantarle en la próxima legislatura.

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