Por el bien morir

Durante muchos siglos hemos visto pasar por nuestras calles cortejos camino del cementerio, entierros a los que habían precedido velatorios donde se alababa al difunto, se comía y bebía, los deudos socializaban con los amigos y extraños, con deudores y acreedores. La muerte formaba parte de los ritos de la vida con la más absoluta de las naturalidades y morir silenciosamente en el hogar era un acto cotidiano y lógico.

Los avances del progreso sanitario cambiaron el protocolo. Ahora el negocio de la muerte carece de personalidad y, prácticamente, solo se muere en los hospitales. La mayoría de las veces con sufrimiento, con dolor y tras una agonía rayana con el sadismo. Hemos cargado a los profesionales de la medicina con una responsabilidad para muchos insoportable.

Hemos pasado a la ciencia la pelota del cumplimiento del destino, sin organizar sus aspectos legales, dejando en manos de las conciencias y de las creencias individuales la misión de gobernar el final de los cuerpos enfermos.

Hemos llegado a esta negligencia arrastrando compromisos morales e, incluso, creencias próximas a la superstición sin considerar la realidad científica alcanzada por nuestra civilización. Hemos llegado aquí sin saber distinguir entre crimen, suicidio asistido y eutanasia.

Cada vez que despierta este tema no puedo evitar el recuerdo infantil de Miguel, un panadero de mi pueblo, a quien diagnosticaron una enfermedad incurable. Sin pausa subió al desván de su negocio y se ahorcó porque, según su nota de despedida, “esto es lo justo, pues mi organismo ha anunciado el final de mis días y no me importa la condena”.

El vecindario acogió la decisión con respeto. Y el lamento principal se centró en la desgracia y la obligación de dar sepultura al suicida fuera del cementerio religioso. Quitarse la vida, asesinarse a sí mismo, está tipificado como un pecado eterno. Y ahí sigue una parte importante del pensamiento de nuestros legisladores.

El tramo final de muchos seres parece más un experimento con cobayas que una práctica humanitaria. Y la pregunta no se hace esperar. ¿Es más racional someter a un enfermo irreversible a una vida artificial que ayudarle a morir plácidamente?

En esta encrucijada las creencias religiosas responden y se imponen sobre la ciencia. Las tres grandes religiones del libro prohíben el suicidio y la muerte asistida. El hinduismo permite ayunar hasta morir de hambre. El budismo acepta algo similar en casos concretos. Las tres primeras condenan al panadero, las otras simplemente lo comprenden.

Cuando todas estas normas nacieron y se impusieron, morir no era un acto científico, era un trámite hogareño y religioso. Agarrarse a sus obediencias, además de ser un anacronismo, genera un gran desequilibrio social que urge corregir.

Hoy la vida y la muerte asistida requieren de una legislación libre de ataduras dogmáticas. Exige normativas médicas y científicas puras. El debate por fin ha llegado estos días al Parlamento español con visos progresistas, esperemos que responda antes a la realidad de la ciencia contemporánea que a las supuestas palabras y dictados de los dioses antiguos. Por un plácido y bien morir.

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