La silla vacía

Nos es cierto que una imagen valga más que mil palabras, pero sí es verdad que hay fotos que hablan sin necesidad de pie. La que estos días corre por las páginas de los periódicos y las redes sociales, donde vemos a Soraya Sáenz de Santamaría y a Dolores de Cospedal en los actos del Dos de Mayo, es un monumento a la elocuencia.

Ahí están las dos principales espadas del Gobierno y del PP sentadas en primera fila, dándose los cogotes –esto es, las cabezas torcidas para no mirarse-, separadas por una silla vacía. Ambas cruzan las piernas en el mismo sentido y tratan de sonreír, la una a oriente, la otra a occidente. Soraya protege su miedo con los brazos cruzados. Dolores salvaguarda su cartera con el brazo derecho mientras juguetea nerviosa con los dedos enjoyados. Al fondo, detrás de la silla, un hombre camina hacia las cámaras de televisión, dando la falsa impresión de ser el personaje que ha abandonado el asiento.

Dejo para los semiólogos, y los analistas de las expresiones no verbales, la interpretación de tanta elocuencia política y el análisis de la maestría del fotógrafo. Para mí las dos mujeres y la silla vacía son el paradigma de este tiempo presente de vientos revueltos. Mientras ellas, en el acto protocolario, se daban la espalda en la calle cientos de mujeres clamaban por una justicia justa, protestaban contra la sentencia y el voto particular de un juez trasnochado en relación con la violación múltiple de los cinco animales de La Manada en las fiestas de san Fermín. He ahí a las mujeres rotas por el ejercicio del poder y a las injuriadas por la injusticia. Y la silla vacía aguardando por el empoderamiento de las mujeres libres en una sociedad diferente e igualitaria.

¿Representa el hombre que se aleja a ese Rajoy que prefirió ir a Burgos antes de dar la cara en Madrid o a su ministro de Justicia? Para mí la silla vacía es de ambos. Veo en ella el espíritu de Rafael Catalá, capaz de tirar piedras de ciego contra el Poder Judicial, el mismo que instrumentalizan en Cataluña pero denuestan en Pamplona, según soplen sus intereses partidistas. Es la silla de la incoherencia, de la incontinencia verbal, de la falta de sentido de Estado.

La silla vacía es también de Montoro, ese ministro de Hacienda capaz de convertir la exactitud de las matemáticas en trampas mentirosas para engañar a los pensionistas, que salen cada mañana de lunes, con sol o lluvia, a pedir la dignidad robada. Es la silla de las falacias a la hora de negociar las poltronas del poder, de los presupuestos tramposos y las intenciones escondidas.

Se me dirá que es, simplemente, la silla que espera al presidente en funciones de la Comunidad de Madrid, que es la silla del vacío originada por la corrupción y los oportunismos partidarios. Pero, contra semejante cortoplacismo, a mí gusta pensar que es la silla esperanzada donde deberían sentarse los millones de personas paradas, jubiladas y jóvenes obligadas a emigrar por culpa de las políticas económicas conservadoras.

Quiero imaginar que la silla vacía espera que los jubilados creen su propio partido o que las mujeres se unan bajo un mismo propósito capaz de cambiar esa realidad que Soraya y Dolores difunden y muestran en la foto.

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