El caso de “El Caso”

            Había un portero gallego del Real Madrid, un testigo falso en nómina, una señora con pipa, una lechera administradora, telefonistas que hacían ganchillo, una secretaria hija de un general de Zaragoza, un editor asturiano de La Mancha que fue censor, y pasillos inabarcables de archivos fotográficos y de recortes de prensa, y dibujantes ilustradores y periodistas y manzanillos y diseñadores con tablas de cíceros, y máquinas de escribir -primera versión en papel reciclado, segunda en papel pautado, tercera al cierre, como uno pueda-, y ruido de télex, y olor resabiado de auténtico periodismo, del que alternaba entre el crimen y el cabaret y la historia inconfesable, y viajaba en gordini propio con madre, y llegaba a los crímenes antes de que se produjesen, y todo para terminar contándolo como una novela en una sala de baile, con queridas compartidas con ministro, y correctores de ala ancha… Un caso.

            La redacción de El Caso, auténtico, estuvo primero en Sagasta, 23, después se trasladaría, para siempre, a Covarrubias, 1, 1º, mucho más tarde llegaría “el crimen” editorial, el uso de la cabecera y la muerte en Almería. Pero antes hubo un genio Suárez, Eugenio, un periodista de raza con apellidos cambiados, nacido en Daimiel con vocación y sangre asturiana, quien presentaba a su primera mujer como aquí mi difunta esposa; el que tenía testigos de cabecera, por las múltiples demandas que el contenido del semanario o las  provocadas por su separación de su otra esposa, maridada a su vez con Bobadilla, el editor cántabro beneficiado con el Alerta y otras vainas, uno de sus mayores enemigos; el que ocupaba a su hermana Margarita o a Rafael Sánchez Ferlosio de correctores, en busca de la perfección negada por la linotipias y los duendes de la imprenta del Ya, Mateo Inurria,15, tfn: 91 259 28 00), o el más que dilectante amigo de Rosón y enemigo de Solchaga, o el descubridor de Alfonso Ussía, o el tertuliano de Bocaccio y del Gijón, o el redactor del Diario Madrid; o el fundador de Cine en Siete DíasSábado GráficoVelocidad, El cocodrilo LeopoldoEl Cocodrilo, o miles y miles de revistas de pasatiempos; o el que disparaba su arma cuando le venía en gana contra paredes y techos, siempre entre buenas risas.

            El Caso fue mucho más que un semanario de sucesos, que una escuela de periodismo, que un lugar en el que contar aquella España de postguerra que no se narraba en ningún otro medio, que siquiera podía intuirse entre las líneas de ninguna otra publicación. Llegó a tirar 500.000 ejemplares, que se leían en voz alta en las tertulias de barrio, y que resistió hasta que pudo las embestidas de todos los medios y de todas los regímenes, hasta que llega la televisión libre y multicanal, hasta que otro visionario, Antonio Asensio, contrató para ZETA con sueldo millonario a Margarita Landi, la reportera de la pipa, la que viajaba por España con liberalidad, profesionalidad y un Gordini, en el que no pocas veces la acompañaba su madre, la que conseguía hacer una novela de cada suceso, tras llorar con viudas y huérfanos, tras ser bromeada por la Guardia Civil con aquel ya clásico Señorita Landi, llega usted con dos días de adelanto, el crimen se producirá el jueves, la que se ponía como principal objetivo conseguir la foto del cadáver o la del asesino.

            Era otra España de camisas azules y censuras, a las que Eugenio no fue ajeno, en la que asegurar una nómina en el periodismo pasaba por el buen hacer de una lechera que llegó a la puerta del Grupo de Revistas de Eugenio Suárez y acabó administrándolas hasta el último día, al tiempo que pagaba las aventuras de ayer y hoy de un editor coqueto y conquistador, conocido en el Maxims de Onassis y Jacquelin Kennedy -al que Eugenio entraba con chicas de condición reputada, pues las de dudosa condición -según el decía a los porteros- estarían dentro, pues sus acompañantes eran lo que eran-, y en Mayte Commodore  y en los partidos políticos y en los bancos y en los juzgados, para resolver cuitas y obtener cortesías que alimentaban familias como la del testigo Urbano, casado con Baronesa Rusa venida a menos por razón de uso, el que esperaba en el hall hablando con el portero gallego -que ejercía igual profesión los domingos en el Santiago Bernabeu- y con las telefonistas tejedoras; y con Sofía, la secretaria aragonesa, hija de General, que impedía a los ministros el acceso al despacho de su jefe.

            Sólo a Eugenio Suárez podía habérsele ocurrido regalar un retoño de cocodrilo para un sorteo benéfico, y aceptar la invitación de los ganadores para criarlo en la hermosa sala de juntas de Covarrubias, y avisar cada cuarenta días a los cuidadores del zoo de Madrid con el fin de limpiar la pecera y al animal, depositado en el cuarto de baño de caballeros, con un cártel que decía: Ojo, está el cocodrilo. El pobre Leopoldo, así se llamaba el animal, lo regalamos al zoo de Madrid, al que llegó en el globo del aventurero González Green,  en una ceremonia que apadrinó la genial Alaska de La Bola de Cristal.

            Aquella sala de juntas, en torno a cuya mesa de cuarenta metros, recuperada por el editor como sala de redacción de El Cocodrilo, se sentaban los lunes Amando de Miguel, Alfonso Ussía, Pepe Asensi, José Luis de Vilallonga, los Gomaespuma, Mingote, Ramón, Manuel Funes Robert, Jimmy Jiménez Arnau, Summers, Almarza, Chumy Chumez, José Julio, Santiago Amón, Jesús Hermida, Miguel Ángel García Juez, Isabel Escudero, Isabelo Herreros, Silvia Solís, Jesús Manzano y, entre otros, el que suscribe, Alberto Barciela, fue testigo de unos comités de redacción nada mudos, en una España en la que uno ya podía reírse casi en libertad -fuimos secuestrados siete veces por la autoridad democrática-, mientras El Caso fenecía en su sala de baile -su espacio de redacción lo había sido del palacete-, con sus suscriptores ancianos y una prensa que no intuía internet pero ya escribía de sucesos.

            Los crímenes y episodios trágicos más desagradables y escandalosos de la sociedad española de posguerra fueron narrados por periodistas excelsos, esos que hoy sólo podrían ser corresponsales de guerra en Siria o en sus campos de refugiados por el mundo, los que seguirían denunciando los Papeles de Panamá o recordando que le pese a quien le pese, el mundo se puede contar fresco cada mañana en blanco sobre negro, en el caso de El Caso con algo de rojo sangre en la cabecera.

            Es posible que algún suceso haya sido cerrado sin sin resolver, El Caso quedó visto para sentencia con la llegada de la competencia televisiva. Su condena: ser historia viva del periodismo.

 

Alberto Barciela es periodista

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