Los ‘Redeiros’ de Abel

Vi bajar por la Gran Vía de Vigo a un abuelo y su nieto, con paso decidido y la intención clara. Se detuvieron a mi lado y mirando hacia el bulevar, el hombre le dijo al niño:

-Acuérdate de esta imagen. Vamos a hacer la foto para que cuando seas mayor puedas contar que en este lugar hubo una magnífica escultura en homenaje a quienes, como yo, fuimos los últimos artesanos del mar…

Sacó su teléfono y tomó una serie de imágenes de Os redeiros de Ramón Conde, esa excelente obra que el gobierno municipal de Abel Caballero, contra viento y marea, va a desplazar del espacio para el que fue creada. Será sustituida por una cinta transportadora de peatones y, no sé si al anciano, pero a mí la acción se me antoja otra parábola del Vigo desmemoriado e iconoclasta que, con cada alcalde nuevo, se retuerce sobre sí mismo enviciado en una identidad confusa y siempre transitoria.

Desde el sueño faraónico del arquitecto Antonio Palacios, a principios del siglo XX, y la conjunción de los edificios modernistas, que configuraron una imagen prometedora, Vigo no ha gozado nunca de un proyecto coherente de ciudad. Si exceptuamos el intento bien intencionado de Manuel Soto, durante la democracia actual, ningún alcalde ni alcaldesa ha soñado una urbe diferente a la del parcheo ocasional, la solución a corto plazo y el quita y pon, propios de los nuevos ricos incapaces de sembrar futuro.

Un día en Augsburgo un historiador local me confesó que, en la antigua ciudad alemana, lo anterior al siglo XVI se había conservado intacto gracias a la pobreza padecida. Nunca tuvieron dinero para derruir y levantar edificios y seguir las modas. En Vigo sucede todo lo contrario, es tan rica que se destruye permanentemente sin sentido, para invertir y especular. Y lo que está sucediendo con los rederos de Ramón Conde, con el anciano de la memoria y el niño de mirada hacia el futuro, es un ejemplo paradigmático de esa riqueza capaz de mudar el arte para instalar un carísimo trasto mecánico, moderno y populista, que bien pudiera ubicarse cincuenta metros más arriba sin manchar la dignidad de algo que ya es identidad de un tiempo vigués.

Durante los mandatos de Soto, Vigo buscó crearse una imagen de ciudad de cultura y modernidad. De aquellas calendas quedaron muchas cosas entre luces y sombras, pero una ha sobrevivido a todas brillando. Es la impronta escultórica contemporánea de la que carecía el Vigo fabril y trabajador. Los caballos de Oliveira, la Puerta del Atlántico de Silverio Rivas, El sireno de Paco Leiro y Os redeiros de Conde, son cumbres significativas. A ellas siguieron otras, por ejemplo El nadador de Leiro, que se han incorporado a ese sentimiento de permanencia, como una continuidad lógica para la ciudadanía, capaz de aceptar incluso, aunque sea de broma, al efímero Dinoseto. Feliz representación escultórica y cultural del Vigo presente.

Sin tardar se fueron el abuelo y el nieto. El hombre iba con la memoria en la nube de su teléfono. El niño con la incomprensión en la mirada. Vino más gente e hizo más fotos. Y hubo quienes tomaron a chanza la estupidez de aquellos que confunden los cambios mecánicos con el progreso. Alea jacta est.

 

Xosé Antonio Perozo es periodista

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